Por Claudio E. Pompilio Q
Ilustración. Diseño de Claudio Pompilio mediante AI.
I New Orleans
New Orleans, octubre de 1899
A principios de 1899, cuando la aristocrática familia De Levigne perdió hasta el último vestigio de sus riquezas —viéndose irremisiblemente forzada a subastar su magnífica plantación de algodón en Louisiana para trasladarse a un nuevo destino en New Orleans—, la joven viuda, su pequeña hija y la anciana nana jamás sospecharon la naturaleza tenebrosa de los acontecimientos que habrían de aguardarlas.
Por aquel entonces, Josephine Dupuis De Levigne era una altiva mujer de veinticinco años: hermosa, indómita y educada bajo los más rígidos cánones de la élite; soberbia como la mayoría de las damas de su alcurnia, más celosa guardiana de un secreto que muy pocos atisbaban: su inextinguible fascinación por el ocultismo y la superstición.
Aquel gusto no era fortuito. Sotto voce, entre los murmullos de la alta sociedad, se decía que su abuela materna había poseído innegables dones sobrenaturales, llegando a ser temida como una poderosa practicante de las artes místicas. Su madre no fue la excepción: tras un fatigoso viaje de bodas a Haití, regresó investida con facultades sutiles e inquietantes que, según las lenguas más perversas, la condujeron a una muerte trágica durante una clandestina liturgia vudú.
Josephine heredó la curiosidad por lo arcano, aunque jamás intentó disciplinar facultad alguna; para su espíritu frívolo, aquello no pasaba de ser un pasatiempo sugestivo, un tema de conversación aderezado con suspiros para compartir entre amigas íntimas durante las soporíferas tardes de té.
Blanche, sin embargo, era otra historia. Con tan solo ocho años, la pequeña había dado muestras inequívocas de una sensibilidad casi clarividente para con aquello que permanece oculto al ojo profano. Aunque la condición de la niña no pasaba desapercibida para Josephine, jamás supuso una verdadera fuente de zozobra: la prioridad de la viuda seguía siendo preservar su cetro como una de las mejores anfitrionas de la región y exhibir los vestidos más suntuosos de la comarca.
Devorado por el juego, la codicia y la debilidad de la carne, Gastón Cornelius De Levigne —antaño uno de los terratenientes más influyentes de la provincia— observaba con horror absoluto cómo la caprichosa diosa Fortuna le daba la espalda definitivamente. En la penumbra de un garito clandestino, abrazado a una voluptuosa meretriz semidesnuda que besaba impúdicamente su cuello mientras deslizaba una lengua viperina en su oído, vio esfumarse la última moneda.
Abochornado por la ruina total —que incluía la cuantiosa herencia de su esposa—, el vencido sintió un nudo opresivo en la garganta al percibirse objeto del desprecio de aquellos a quienes llamaba camaradas; hombres que, por azar de la suerte y su propia imprudencia, se metamorfoseaban esa misma noche en implacables acreedores.
Un impulso primario lo llevó a apartar con brusquedad las zalamerías de la mujer, dejar el puro humeante y el vaso de whiskey sobre la mesa pulida, y huir hacia la noche sin mirar atrás, sordo a los reclamos masculinos que le exigían saldar sus deudas.
De regreso a la heredad, con los ojos anegados en lágrimas, no hallaba las palabras exactas para confesarle a su esposa que el desastre era consumado y que los bienes de la estirpe serían rematados en la plaza pública. Su mente ofuscada se tornó un torbellino de justificaciones y falsos argumentos que desechaba uno a uno con la misma celeridad con que acudían a su febril imaginación.
Al traspasar la elaborada verja de hierro forjado y divisar la serena estampa de la blanca mansión iluminada al fondo de la alameda, detuvo el carruaje. Torpemente, hundió la mano bajo el abrigo hasta palpar el metal helado de la pistola. Instintivamente la extrajo, contemplando el pavón reluciente durante unos segundos eternos. La empuñó con determinación súbita, la elevó a la sien y, sin vacilar un solo instante, apretó el gatillo.
Con los ojos desorbitados, el cuerpo inerte cayó pesadamente sobre el carmín del tapizado, mientras el caballo relinchaba inquieto en la penumbra.
Así lo hallaron los peones al despuntar el alba. Vestido de rigurosa etiqueta, la pistola aún cautiva en el diestro regazo, la mirada atónita fija en la nada y un hilo denso de sangre brotándole de la sien para mancillar el cuero del carruaje.
Alertado por la conmoción, el capataz acudió presuroso temiendo un alzamiento de los trabajadores; pero al contemplar el arma y la escena, comprendió de inmediato la naturaleza del drama. Varias recolectoras corrieron despavoridas hacia la casona para dar el parte a la señora.
Josephine, con el rostro desencajado por la vigilia, las recibió contrariada en el umbral, envuelta en una majestuosa robe de chambre de tafetán turquesa. Para pasmo de las campesinas, la patrona no mostró el menor atisbo de desolación. A juicio de las sirvientas, fue como anunciarle una tragedia a una efigie de porcelana: inalterable, gélida, inaccesible.
Las semanas sucesivas fueron un auténtico descenso al averno. El capellán del pueblo se negó rotundamente a bendecir los restos del suicida, los cuales fueron sepultados casi en la clandestinidad, en tierra no consagrada. Poco después, el alguacil irrumpió en la heredad para redactar el inventario y avalúo de la totalidad de las propiedades.
A mediados de año, todo fue a parar al martillo de las subastas, incluidos los sirvientes que ya no era posible mantener. De ostentar uno de los blasones más empingorotados en la jerarquía social, Josephine y la pequeña Blanche se convirtieron, de la noche a la mañana, en parias repudiadas por la misma aristocracia que antes las adulaba.
Con el arribo del otoño, madre e hija debieron abandonar el solar que durante más de un siglo había cobijado a la estirpe. Detenidas bajo las imponentes columnas del pórtico, flanqueadas por Mae Mary —anciana liberta, aya y confidente de ambas—, contemplaron con mirada indescifrable aquel paraíso perdido. Sin derramar una sola lágrima ni mirar atrás, emprendieron la marcha hacia Nueva Orleans, donde las aguardaba su insólito destino.
Para Josephine, la abrupta decadencia representaba un zarpazo letal a su vanidad. Se sentía profundamente traicionada por aquel marido devoto que, en lugar de acrecentar el patrimonio familiar como dictaba la costumbre de los hombres de su cuna, lo había dilapidado en una sola noche de farra sobre el tapete verde de un garito. Mas nada podía remediarse ya; solo restaba avanzar sin volver la vista hacia un pasado irrecuperable.
Cubiertas por el polvo del camino, las viajeras se detuvieron ante una imponente residencia criolla en Esplanade Avenue. Frente a sus ojos se erigía una mansión de dos plantas, flanqueada por doce columnas corintias, ventanales de guillotina de estilo francés y jardines de una frondosidad casi asfixiante, erigida hacia finales del siglo XVIII.
—¡De modo que esta es Laforte House! —murmuró Mae Mary en un soplo casi inaudible, con una expresión inequívoca de aprensión, bien al tanto de las aterradoras leyendas que circulaban sobre el inmueble y sus antiguos moradores.
Josephine, fingiendo ignorar el comentario, esbozó una tenue sonrisa de suficiencia y, posando su mano enguantada sobre el hombro de la pequeña, las animó a cruzar el umbral.
Blanche, entretanto, permanecía petrificada observando la segunda planta. En la penumbra de una de las ventanas superiores, le pareció distinguir la silueta etérea de una niña vestida de luto que la espiaba fijamente con una muñeca rubia entre los brazos. Acostumbrada a percibir lo impenetrable, la pequeña entornó los ojos y avanzó con lentitud casi hipnótica hacia la escalinata lateral.
Antes de que alcanzaran el acceso, la puerta principal se abrió de par en par. George, el mayordomo de rostro cetrino, las recibió con frialdad:
—Madame. Bienvenida a su casa —pronunció secamente, sin la menor calidez, invitándolas a instalarse en el salón principal mientras un joven dependiente subía el equipaje.
Mae Mary se retiró hacia las dependencias de servicio, mientras Blanche, conducida por la curiosidad innata de la infancia, se aventuró a explorar la mansión. Subió parsimoniosamente los peldaños de la opulenta escalera de mármol blanco, contemplando los solemnes retratos al óleo de sus antepasados maternos.
Sola en el inmenso salón de damascos azules y molduras doradas, bajo la cascada de luz de un majestuoso chandelier de cristal francés, la viuda cruzó su mirada con los inquietantes ojos descoloridos de su tía abuela, Antonieta De Laforte, inmortalizada por John Singer Sargent en 1885 en el descomunal lienzo que coronaba la chimenea.
—De no ser por usted y su legado, chérie Madame Antonieta —susurró Josephine para sí—, mi hija y yo yaceríamos en la miseria, humilladas por las arpías de Louisiana. Pero no fue así... ¡Estamos aquí, en su antiguo imperio, donde renaceremos de las cenizas como el Ave Fénix!
Un alarido desgarrador procedente del piso superior hendió el aire de la casona, sobresaltando a la servidumbre, a Mae Mary y a la propia viuda, quienes corrieron escaleras arriba temiendo una desgracia.
Inspeccionaron apresuradamente las estancias sin hallar rastro de la niña, hasta dar con ella en una pequeña alcoba ubicada al fondo del corredor. Blanche se hallaba inmóvil en el centro de la pieza; frente a ella, sentada sobre una silla de mimbre, una vieja muñeca rubia vestida de rosa parecía fijar en la pequeña una mirada de porcelana viviente.
Madre y nana se abalanzaron sobre la niña en un gesto visceral de protección, abrazándola con desesperación. Entretanto George, la camarera y el mozo retrocedieron persignándose al reparar en el juguete. Sobrecogidos por una aprensión ancestral, los criados abandonaron el corredor con la mirada baja.
Una vez al refugio de las cocinas, George increpó a los subalternos en voz baja:
—Ni una sola palabra de esto a la señora. Madame jamás debe enterarse de a quién perteneció esa muñeca maldita...
Los empleados asintieron en un silencio apesadumbrado mientras escuchaban al anciano mascullar entre dientes:
—¿Cómo pudo llegar ese objeto hasta la alcoba si estaba bajo llave...? Es un presagio nefasto. La casa no acepta a sus nuevos moradores.
Durante toda la noche, la mansión se convirtió en un receptáculo de murmullos incomprensibles. Lamentos y sollozos ahogados que parecían brotar del fondo de las paredes; leves pisadas de pies descalzos correteando por el corredor y risas infantiles que, gradualmente, se orquestaban en una carcajada de puro horror.
En la alcoba de la niña, la antigua muñeca pareció erguirse con una animación macabra, reptando hacia el lecho. Blanche despertó al percibir la presencia; al verla en el suelo, la recogió con inocencia y la acurrucó contra su pecho bajo la pesada colcha de terciopelo.
—No temas... Yo te cuidaré —susurró la pequeña antes de sucumbir nuevamente al sueño.
Pocas horas después, Blanche despertó sofocada, con el pecho oprimido por una falta de aire insoportable. En medio de su sofoco, alcanzó a distinguir la figura translúcida de una niña de tirabuzones oscuros y ropajes de luto, que presionaba la cara de la muñeca contra sus vías respiratorias mientras el juguete parecía sonreír con malevolencia.
En un forcejeo desesperado, la pequeña logró liberarse de su agresora y lanzó un chillido pavoroso.
Josephine, que vela en vela no había logrado conciliar el sueño, se incorporó del lecho como impelida por un resorte. Sin embargo, antes de poder alcanzar la puerta, una figura femenina de sobrecogedora juventud se materializó frente a ella, cortándole el paso. Con un mero gesto de su mano pálida, la aparición trancó el cerrojo y se arrojó sobre la viuda. Josephine luchó con furia ciega, esquivando las embestidas del espectro, que logró lacerarle el rostro y desgarrar en jirones su costosa bata de seda.
—¡Jamás debieron venir! —siseó la entidad con una voz de ultratumba—. Esta casa nos pertenece... Y ahora, tu hija es mía.
Tras sentenciar el destino de la pequeña, el espectro se disolvió en el aire, dejando a la viuda semiconsciente y ensangrentada sobre la alfombra.
En ese preciso instante, en la pared principal de la alcoba de Blanche, la realidad se rasgó para abrir un portal hacia una dimensión dantesca. Blanche gritaba desvalida mientras la niña espectral la sujetaba con fuerza sobrehumana por los brazos, arrastrándola hacia la penumbra del abismo.
Al otro lado de la puerta trancada, los criados y varios lacayos de las fincas colindantes —alertados por el escándalo— arremetían con ímpetu contra la madera de cedro.
—¡Empujen con más fuerza! —ordenaba el capataz entre maldiciones.
Josephine, arrastrándose desde su recámara con el rostro cubierto de sangre, logró unirse al grupo.
—¡Blanche! ¡Hija mía! —gritaba la viuda fuera de sí.
—¡Mamá, no dejes que me lleve! —se escuchó la voz agónica de la niña desde el interior.
Tras varias embestidas violentas, la puerta cedió finalmente rompiendo el cerrojo. Sostenida por Mae Mary, Josephine irrumpió en la estancia con la mirada desorbitada, justo a tiempo para presenciar cómo el cuerpo de Blanche era absorbido por la brecha luminosa, la cual se cerró de golpe tras de sí, dejando la pared intacta.
Del otro lado del portal se revelaba un paisaje grotesco: una atmósfera saturada de hedor a azufre, estiércol y carne en descomposición, habitada por siluetas deformes y alimañas del bajo astral. En el centro de un círculo trazado con sangre, un altar de piedra aguardaba a la víctima inocente, custodiado por un aquelarre de brujas vestidas de negro.
Sobre una peña prominente se erigía ella: Raquel, la madre del espectro infantil que había arrastrado a la niña.
Aquella noche fatídica, la conmoción en Esplanade Avenue fue tal que, sin haber sido convocada, la mansión recibió la visita de una figura mística: una mujer de edad indefinible, ataviada con densos ropajes, collares de oro abrumadores y sofocantes anillos de pedrería, que exigió ver de inmediato a la señora de la casa.
Los lugareños la reconocieron al instante, bajando la mirada en un gesto mezcla de reverencia y pavor.
Instalada en el salón principal, la recién llegada permaneció inmóvil ante el lienzo de la hermosa dama de cabellos azabache y fascinantes ojos esmeralda.
—Rachel De Laforte... La desdichada abuela de Madame Antonieta, la última matrona de esta estirpe —comentó George a sus espaldas, aproximándose con una copa de jerez para la visitante.
—Una mujer execrable, sin lugar a dudas —sentenció la desconocida con voz cavernosa—. La auténtica causa de la maldición que corroe estas paredes: el infanticidio de su propia criatura, perpetrado en un acceso de celos enfermizos hacia su esposo.
—Un acto nefando —musitó el mayordomo, retirándose apresuradamente al advertir la presencia de su patrona.
—Las fuerzas oscuras que usted enfrenta no ceden ante el ruego ordinario, Madame De Levigne —sentenció la visitante, girándose bruscamente para clavar en la viuda unos ojos de un gris hipnótico y profundo—. Trascienden la comprensión humana; son larvas del bajo astral atrapadas en la fábrica misma de este inmueble. Lamentablemente, usted y su hija son la encarnación física de aquellas que protagonizaron la tragedia original.
—¿Quién es usted...? —alcanzó a articular Josephine.
—Madame Dupuis —repuso la bruja—. Estaba escrito que esto ocurriría. Lo presentí cuando la anciana Madame Laforte expiró. Aquella infeliz creyó que la sangrienta paradoja de su dinastía concluye con su muerte, pero se equivocaba. El crimen de Rachel lanzó una execración sobre todas las mujeres de su sangre que osen habitar este suelo. Usted es de su estirpe, es mujer y habita aquí...
—Entonces... ¿qué puedo hacer? —suplicó la viuda cayendo de rodillas.
—La verdad... ¡muy poco! Pero dígame: ¿dónde está la niña?
—Cruzó el portal —intervino Mae Mary, reconociendo de inmediato a la mística, a quien había acudido años atrás junto a su antigua ama por un asunto de amores y desamores.
—Entonces no hay un segundo que perder, Mae Mary —respondió la anciana mística, reconociendo al aya—. Debemos rescatarla de inmediato. Si el aquelarre consuma el sacrificio, el alma de la niña se perderá para siempre en la penumbra y su envoltura terrenal será poseída por el espectro de la hija de Rachel.
» Llévenme a la alcoba donde ocurrió la abominación. Traigan velas de cera virgen, agua bendita, sal marina y el crucifijo de plata que perteneció a la vieja Madame Laforte.
Mientras Madame Dupuis trazaba los sellos místicos e iniciaba la liturgia de conjuro, en la dimensión abisal las brujas apuraban sus cánticos para despojar del hálito de vida a la inocente. Sin embargo, en el instante preciso en que Rachel empuñaba la daga ceremonial para abrir el pecho de Blanche y extraer su corazón, la intercesión de Madame Dupuis quebró la armonía del ritual.
Ráfagas de un viento helado e invisible irrumpieron en el espacio abismal, apagando el fuego de los altares; el grimorio salió despedido por los aires, las celebrantes quedaron ciegas momentáneamente y el caos cundió entre las sombras.
Alimentado por la fe desesperada de las mujeres al otro lado de la pared, el portal volvió a rasgarse. Josephine y Mae Mary se arrojaron audazmente a través de la brecha, logrando arrebatar a Blanche de la piedra del sacrificio. Sin embargo, antes de lograr la huida, Rachel alcanzó a rozar la piel de la niña, marcándola con un estigma indeleble y pronunciando una última maldición.
Aunque la incursión duró apenas unos instantes, la hechicera y sus acompañantes quedaron exhaustas al regresar a la alcoba terrenal; desfallecidas, pero con la satisfacción amarga de haberle arrancado una víctima inocente a las fauces de la perdición.
El alba despuntó en el horizonte, bañado con una luz dorada y tímida los opulentos salones de Laforte House, simulando la promesa de un nuevo comienzo. Mas todo era una cruel ilusión.
Al disponerse a partir, Madame Dupuis contempló a Blanche con profunda melancolía. Acariciando con ternura la mejilla de la pequeña, dejó escapar un lamento:
—La belleza de la inocencia está mancillada... ¡No estás a salvo, mi niña!
Luego, aproximándose al oído de la viuda, le murmuró con gravedad absoluta:
—Abandonen Nueva Orleans de inmediato. Blanche ha sido marcada por el abismo. Tal vez —y solo tal vez— rehaciendo sus vidas en un rincón remoto del mundo, donde las acólitas del mal no puedan rastrear su huella, consigan eludir la sentencia.
Con lágrimas en los ojos, Josephine le expresó su eterna gratitud. Contempló a su hija, le acarició con ternura los cabellos dorados y cruzó una mirada de absoluta complicidad con Mae Mary. Finalmente, echando un último vistazo a la majestuosa casona que resplandecía bajo la luz matutina como si nada hubiese ocurrido, sentenció con voz firme:
—Es hora de marcharnos mon chére... Vámonos de este maldito lugar.
Continuará...