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viernes, 12 de diciembre de 2025

CUENTO: Tres Credos, Una Sola Magia


En el corazón de la hermosa y antigua ciudad de Bruselas, Miyuki, Abdallah y Romain habían forjado una amistad tan fuerte como el hierro. A pesar de las marcadas diferencias de sus tradiciones y credos, los tres compartían el mismo pilar fundamental en sus hogares: la importancia de hacer el bien y ayudar a quienes lo necesitan.

Miyuki era practicante del budismo, Abdallah era musulmán y Romain, católico. A sus doce años, estos amigos no solo eran los mejores de su clase, sino un verdadero ejemplo a seguir en uno de los colegios más importantes de la capital belga.

Su fraternidad florecía en cada celebración. Compartían el Vesak (que conmemora el nacimiento, la iluminación y la muerte de Buda), el Parinirvana y el Magha Puja de Miyuki. Disfrutaban de la alegría del Eid al-Fitr (la Fiesta de la Ruptura del Ayuno) y el Eid al-Adha (la Fiesta del Sacrificio) de Abdallah, y se unían a las festividades de la Pascua y la Navidad de Romain. Juntos eran más felices, y su actividad favorita era recolectar juguetes y ropa para los más humildes.

El Desafío de Diciembre

Llegó diciembre, envolviendo la ciudad en el ambiente festivo que tanto amaban. Los muchachos, con el apoyo incondicional de sus padres, decidieron emprender una misión ambiciosa: reunir sorpresas para un hospicio de niños huérfanos.

Sin embargo, no todos en la ciudad compartían su espíritu abierto. Algunas personas de mente estrecha no lograban comprender la profunda fraternidad de los tres amigos y, en lugar de ayudar, los criticaban por mezclar sus tradiciones. Esto hizo que las donaciones este año fueran mucho más lentas y escasas.

El Encuentro Mágico


Una noche, terriblemente fría pero de un cielo muy estrellado, los amigos se reunieron para planificar los detalles de su celebración navideña. Estaban en una pequeña plaza, cerca del gigantesco y vibrante Árbol de Navidad central de la ciudad, cuando un niño se les acercó.

Era notablemente hermoso, con un rostro sereno y un cabello que parecía hecho de finísimos hilos dorados que brillaban bajo la luz de las estrellas.

—Hola, ¿qué hacen? —preguntó con una voz suave, casi como un susurro musical.

Miyuki, la más directa, respondió: —Hola. Estamos planificando una celebración para los niños huérfanos, pero este año la gente no ha sido muy colaboradora y tenemos muy pocas cosas. ¿Y tú quién eres?

El niño dorado sonrió, y el gesto iluminó su rostro.


—No importa quién soy. Para cada uno de ustedes, tengo un significado diferente, pero he visto lo unidos que son y lo comprometidos que están en ayudar a todas esas personas que necesitan apoyo.
Y eso es como ayudarme a mí —dijo, mirando el árbol—. Vayan al orfanato la tarde de Nochebuena con lo que han logrado recolectar y recibirán una sorpresa inolvidable.

—Pero, no tenemos suficientes cosas —insistió Abdallah, con la frustración reflejada en su voz.

—Vayan. Simplemente, vayan. Y recuerden siempre esto: Sigan unidos, sigan haciendo el bien y así, siempre estarán cerca de la verdadera felicidad. Hasta siempre.

El misterioso niño hizo un gesto de despedida con la mano. Comenzó a caminar muy despacio, y a medida que se alejaba, su figura se desdibujó. De pronto, sin previo aviso, se disolvió por completo en un remolino fugaz de destellos multicolores que ascendieron hacia la copa del árbol de Navidad, como si el viento se hubiese llevado su luz.

Miyuki, Abdallah y Romain se quedaron sin habla. Se miraron, comprendiendo sin palabras que acababan de presenciar algo extraordinario, y cada uno se fue a casa con el corazón latiendo con una nueva esperanza.

La Sorpresa de Nochebuena

La tarde del 24 de diciembre, los amigos llegaron al orfanato, cargando las pocas cajas y bolsas que habían podido recolectar. Fueron recibidos por la directora con una enorme sonrisa.

—¡Hola! ¿Todavía traen más regalos? ¡Qué generosos son!

—¿Cómo que "más"? —preguntó Romain, totalmente desconcertado.

—Sí, queridos. En la mañana trajeron muchísimas cosas, ¡montones! Dijeron que venían de parte de ustedes. ¡Entren!

Al entrar al salón principal, los tres amigos quedaron estupefactos. A los pies de un árbol de Navidad brillantemente decorado, había una montaña impresionante de juguetes nuevos, clasificados por edad. Había también cajas con ropa, y una mesa inmensa repleta de exquisiteces y dulces que los niños jamás hubieran imaginado.

La alegría que se desató en el salón fue contagiosa. Los niños huérfanos, con los ojos brillando más que las luces del árbol, corrían entre los montones de juguetes y la mesa de dulces. Eran gritos de asombro y risas puras, el sonido de la felicidad más simple y genuina. Abdallah ayudaba a los más pequeños a elegir un juguete, Miyuki repartía pasteles y bombones, y Romain se unía a las canciones que espontáneamente surgieron. Los tres amigos no necesitaban palabras: esa felicidad desbordante de los demás niños era la prueba más clara de que su misión se había cumplido y de que el niño de cabellos dorados era real.

Al final de la velada, bajo el cielo estrellado de Bruselas, Miyuki, Abdallah y Romain se despidieron con una certeza profunda. Supieron que la magia de aquella noche no residía en los regalos ni en los destellos, sino en la fuerza invisible que une a quienes actúan con el corazón. Entendieron que, si bien el mundo podía ver tres religiones, ellos eran una sola intención. Y así, en la calma de la noche, se juraron seguir unidos, pues comprendieron que la verdadera felicidad no tiene un solo nombre ni un credo, sino que es el resultado luminoso de la bondad compartida.

Por. Ana Teresa Delgado de Marín

 

lunes, 8 de diciembre de 2025

CUENTO: Gerardo y Antonio. Un Cuento de Navidad


Por. Ana Teresa Delgado de Marín
Ilustraciones. De Ana Teresa Delgado con AI

La brisa llega lenta, casi aletargada, acariciando las horas mientras el tiempo avanza taciturno por los caminos polvorientos de un pueblo que parece dormitar a orillas de los sueños. Es uno de esos lugares perdidos en la espesura del monte y en los mapas del olvido; sin embargo, cuando diciembre asoma en el calendario, el aire mismo cambia. El pueblo se inunda de un polvo de estrellas invisible, de anhelos antiguos y de risas nuevas, preparándose para cuando el Niño Jesús recorra los umbrales de la ilusión.

El alma de los niños es un estuche de creyones infinitos, del cual extraen los colores más vibrantes para pintar sus deseos sobre el lienzo de la realidad. El pueblo que describo se llama Los Venados: una calle larga bordeada de casas que parecen sostenerse mutuamente, una capilla pequeña con campanario de espadaña, un bar bullicioso, la escuelita rural, el dispensario de paredes blancas y un policía solitario. Pero también habitan allí esperanzas tozudas, de esas que a veces tardan una vida en llegar.

En Los Venados, dos niños brillan con luz propia, unidos por una amistad tejida desde que sus pasos eran vacilantes, a los tres años. Hoy, con siete abriles en sus miradas, siguen siendo inseparables, como dos ramas de un mismo árbol.

Antonio proviene de la humildad más pura. Vive con su madre, Rosario, en un pequeño nido de bahareque y techo de palma, un poco apartado del corazón del pueblo. Es hijo único, y sus tardes tienen el aroma del maíz frito, pues ayuda a vender las empanadas que su madre elabora con esmero para subsistir. Gerardo, en cambio, habita una modesta quinta de paredes frescas dentro del pueblo. Su padre, Cosme Ramón, es el respetado maestro de la escuela; su madre, Elena, cuida del hogar, y Carla es su pequeña hermana, curiosa como un cascabel.



A pesar de las diferencias de sus techos, Antonio y Gerardo comparten el mismo patio de juegos en la imaginación. Ambos sueñan con el diamante verde del béisbol profesional, verse algún día con el uniforme de los Leones del Caracas. Admiran con devoción a Omar Vizquel, y cada uno custodia en su pared un afiche de periódico del legendario campo corto, como si fuera una estampa sagrada.

—Voy a pedirle al Niño Jesús un guante de cuero de verdad, un bate que suene a jonrón y una pelota nueva —dijo Gerardo una tarde, dirigiendo su mirada al cielo naranja y esbozando una sonrisa amplia.

—Yo también —replicó Antonio, bajando la mirada hacia sus pies descalzos, consciente de que el Niño Jesús a veces tenía dificultades para encontrar el camino a su casa de bahareque.

Pero a principios del mes mágico, una sombra fría se posó sobre el pecho de Antonio. Cayó enfermo repentinamente. Rosario, con el corazón en un puño, lo llevó al dispensario, pero el médico rural, superado, los remitió al hospital de la ciudad, a kilómetros de distancia de la paz de Los Venados. Allí, entre luces blancas y olores metálicos, los doctores pronunciaron un diagnóstico sombrío, una enfermedad que no entendía de milagros médicos.

En apenas cinco días, Antonio se volvió ligero como una pluma; sus fuerzas se disiparon como humo y sus piernas se negaron a sostenerlo. Los médicos, derrotados ante el avance de aquel mal invisible, lo enviaron de regreso a su hogar. Allí, en su pequeña habitación, compartiría sus últimos días con su madre, quien se marchitaba hora tras hora al ver cómo la vida de su único hijo se escurría entre sus dedos.

Gerardo y sus padres lo visitaban a diario, tratando de alimentar su alma con cucharadas de aliento y cariño. Antonio, envuelto en su inocencia, mantenía una chispa de esperanza, aunque sentía que el invierno se instalaba en sus huesos. No sospechaba que el ocaso de su corta vida se acercaba tan rápido, como si a su mañana la hubieran eclipsado todas las nubes de tormenta del cielo.

Gerardo, en su carta secreta al Niño Jesús, borró sus propios deseos. Con letra temblorosa pidió la salud de su hermano del alma, pidió que no se fuera, que la luz volviera a sus ojos. Y, casi como un susurro al final de la hoja, añadió: "...y también, si puedes, un bate, un guante y una pelota para cada uno".

Llegó la Nochebuena. El aire de Los Venados vibraba, cargado de los anhelos pintados en azul intenso de todos los niños. El día transcurrió sin prisa, majestuoso. El sol, como una moneda de oro viejo, fue ocultando su rostro soñoliento entre los cerros, dejando en el cristal del cielo una senda dorada y púrpura mientras el manto peregrino de la noche, tachonado de luceros, cubría el valle.

Gerardo visitó a su amigo. Le deseó Feliz Navidad con un nudo en la garganta y una promesa de pronta recuperación que sonó hueca en la penumbra del cuarto. Luego se alejó, pensativo, sintiendo que la tristeza pesaba más que cualquier juguete.

Las horas continuaron pasando, lentas, densas y cargadas de silencio en la casa de Rosario. Solo una risa lejana, deformada por el eco, se entremezclaba con los gritos festivos que salían del bar del pueblo. Antonio, muy débil, flotaba en la fiebre sin poder dormir. En su pequeña cama, su mente divagaba entre sueños de béisbol y la espera del Niño Jesús.

Entonces, el sonido de las campanas levantó un tímido vuelo, como aves de metal anunciando la medianoche. El cielo estalló en flores de luz artificial; los cohetes buscaban las estrellas... Llegaba la Navidad.

De repente, en el silencio de su cuarto, Antonio vio algo que no pertenecía a este mundo. Entre las penumbras, una luz que no proyectaba sombras, suave como la luna líquida y cálida como el sol de la mañana, avanzó directamente hacia él. Se frotó los ojos con sus pequeñas manos, pensando que la fiebre lo engañaba.

La luz llegó hasta su lecho y se condensó en una forma tierna. Sintió que la mano frágil y pequeña de un niño lo acariciaba la frente, disipando el frío de la enfermedad. Mientras tanto, un alivio inmenso, como una marea de bienestar, inundaba su cuerpo. La luz comenzó a alejarse suavemente. Antonio, sin pensarlo, se incorporó de la cama extendiendo la mano para tratar de alcanzar aquel resplandor divino.

Cuando se dio cuenta, estaba de pie en medio de la habitación. Sus piernas eran fuertes como robles jóvenes. La luz milagrosa se disipó, dejando un aroma a nardos y esperanza.

—¡Mamá! ¡Mamá! —gritó, y su voz sonó clara y potente.

Rosario acudió corriendo, con el corazón temiendo lo peor, pero se detuvo en seco en el umbral. Observó con asombro sagrado que su hijo estaba parado, firme. La palidez de cera y el rictus de la muerte habían desaparecido de su rostro, reemplazados por el color rosado de la vida. ¡Era un milagro tejido en la noche más santa!

Antonio, abriendo los brazos, se abalanzó sobre Rosario y ambos se fundieron en un abrazo bañado en lágrimas de incredulidad y gozo, apretándose fuerte, quizás con el temor de que aquella felicidad fuera un sueño que se escaparía al amanecer.

De pronto, el brillo de algo bajo la cama llamó la atención de Rosario. Era un paquete envuelto meticulosamente con papel de estrellas plateadas. Ambos corrieron hacia él. Al abrirlo, el olor a cuero nuevo llenó la habitación: un guante profesional, un bate de madera pulida y una pelota de béisbol de costuras rojas perfectas.


Antonio los apretó contra su pecho recuperado. Lanzó una mirada por la ventana, buscando el cielo más allá de las estrellas visibles, y dio gracias al Niño Jesús y a la Virgen con el alma de rodillas.

Al amanecer, en la mañana radiante de Navidad, Gerardo, sus padres y la pequeña Carla fueron los primeros en llegar a la casa de bahareque con un regalo. Fueron también los primeros testigos del milagro. No hicieron falta palabras; la imagen de Antonio de pie, con un bate en la mano y la vida en los ojos, lo dijo todo. Todos se abrazaron en un círculo de dicha radiante, dándole gracias a Dios bajo el sol naciente.

Así quedó demostrado en Los Venados que la magia más poderosa no necesita palacios para descender; la felicidad también llega a los hogares humildes cuando se siembra la fe profunda, se riega con el rocío de la ilusión compartida y se espera contra toda esperanza.

Gerardo y Antonio siguen soñando, ahora con más fuerza que nunca. Siguen dibujando en el aire su futuro con el color verde intenso de la grama, con el marrón fértil de la tierra y con el blanco inmaculado de la raya de cal; esa misma que delinea el campo de béisbol, el escenario de su más anhelada ilusión.

lunes, 1 de diciembre de 2025

CUENTO: Navidad con Helados por Ana Teresa Delgado de Marín


En un rincón de Los Palos Grandes, donde las luces parpadeaban con un brillo especial durante las fiestas, se encontraba la "Heladería de los Sueños", conocida también como Heladería Divinos Pecados. No era una heladería común; sus ventanas siempre estaban empañadas con un vaho dulce, y el repicar de una campanita de plata anunciaba cada vez que un niño entraba. Se decía que los helados que se servían allí no solo eran deliciosos, sino que contenían un poquito de magia de Navidad, capaz de hacer realidad los sueños más puros de los pequeños.

El dueño, el Sr. Copo de Nieve, era un hombre con ojos brillantes como las estrellas y una barba tan blanca como la nieve recién caída. Conocía el deseo de cada niño del pueblo. "Un sabor de valentía", pedía la pequeña Sofía, que soñaba con ser una exploradora. "Un helado de risas", solicitaba Tomás, un niño tímido que anhelaba hacer sonreír a todos.

Una Nochebuena, con la nieve cayendo suavemente, entró en la heladería una niña llamada Clara. Sus ojos estaban tristes, y sus manitas aferraban un pequeño muñeco de trapo. "Sr. Copo de Nieve", dijo con un hilo de voz, "mi sueño es que mi papá, que está lejos trabajando, pueda pasar la Navidad con nosotros".


El Sr. Copo de Nieve la miró con ternura. "Clara, para los sueños que vienen del corazón, necesitamos un helado muy especial". Desapareció en la trastienda y regresó con una copa humeante que brillaba con todos los colores del arcoíris. "Este es el 'Helado de Deseos Compartidos'. Cada cucharada envía un mensaje de amor a quien más extrañas".

Clara, con el corazón encogido de esperanza, tomó el helado. Cada vez que probaba un bocado, sentía una calidez que la envolvía, como si su amor viajara a través del aire helado de la noche. Se sentó junto a la ventana, observando los copos de nieve danzar, y terminó su helado mientras la campanita de la puerta tintineaba suavemente.

Horas más tarde, ya en casa y casi lista para ir a la cama, Clara escuchó un sonido familiar. Una risa grave y alegre. Corrió a la sala y allí estaba: su papá, de pie junto al árbol, con una sonrisa en el rostro y los brazos abiertos. ¡Había logrado volver a tiempo para Navidad! "Un milagro de Navidad", dijo su mamá, abrazándolos a ambos.



Clara miró por la ventana, hacia la pequeña luz de la Heladería de los Sueños, y supo que no era solo un milagro, sino la magia del Sr. Copo de Nieve y su helado de deseos, que habían traído a su papá de vuelta a casa. Desde ese día, la Heladería de los Sueños se convirtió en el lugar donde los niños no solo buscaban dulces, sino también la esperanza de que, con un poco de magia navideña, sus corazones siempre encontrarían el camino para hacer realidad sus sueños más anhelados.

Por. Ana Teresa Delgado de Marín
Ilustraciones. De la autora con IA


martes, 31 de octubre de 2017

CUENTO DE HALLOWEEN: Las dos hermanas y el castillo en llamas 1ra parte


CUENTO DE HALLOWEEN:

Por. Dott. Claudio Emilio Pompilio Quevedo
Editor/Director SUROESTE_ITALIA
Ilustración: Licencia Commons
Autor: Pulo


Siempre he pensado que en la vida del hombre existen momentos desafortunados. Días trazados por la fatalidad. Malditos por Dios. Donde el demonio y sus criaturas merodean a los incautos para seducirles y arrastrar hacia la perdición.

Yo no estuve exento de sufrir esa desgracia y solo por un acto jamás imaginado de la Divina Misericordia, puedo hoy escribir estas líneas, narrando mi triste historia, con la única pretensión de llamar la atención de aquellos que piensan que lo extraordinario nunca sucede al hombre común.

Mi desgracia y redención la debo a dos mujeres, ambas hermosas y diferentes como el agua y el aceite.

Años atrás, en una fría tarde del otoño de 1896, cabalgando por la campiña de Gloucestershire, el tramonto me sorprende en medio de una floresta donde puede observar, entre los más disímiles sonidos y gélidas ráfagas de viento, la llegada de una noche cerrada, donde no resplandecía en la bóveda celeste, ni la inconstante luna, ni su eterna corte de estrellas. 

Estremecido por el helado aliento de céfiro desmonto de mi caballo y llevo los brazos al pecho dándome un fuerte abrazo tratando de entrar en calor e intentando pensar que haría para pasar la noche en un lugar diferente que no fuera entre el follaje seco y las hojas danzarinas que incansables forman pequeños remolinos que se desvanecen en fracciones de segundo, según va cambiando la dirección del viento. 

Con inquietud pienso en el último pueblo que dejé atrás. Demasiado lejos para recoger mis pasos, y entre dientes maldigo mi necia decisión de continuar el camino a sabiendas que la hora no era propicia para aventurarme en el bosque desconocido y haciendo oídos sordos a las consejas de la vieja posadera que en tono protector advierte de los peligros de la noche en un desolado paraje como este.

-Siempre cabezotas- me recrimino a viva voz, lanzando puños al viento, como pugnando contra un incorpóreo contrincante. 

-Y ahora qué hago ene este paraje solitario… sin saber a dónde ir o qué camino tomar. Como siempre la haz hecho de oro Eduard-

Impotente siento que los ojos se humedecen, amenazando con hacer brotar un indetenible torrente de lágrimas, pero logro contenerme porqué a mis veintinueve años, ante una situación difícil y desconocida, no puedo reaccionar como un mocito atemorizado, así que, tomando el último sorbo de vino remanente en el fondo de mi pequeña licorera de plata, ajusto la gruesa bufanda de lana que circunda mi cuello, sistema el sombrero y monto el alazán para proseguir mi errático viaje, implorando al cielo tener suerte de encontrar alguna cabaña o mejor una aldea donde pernoctar cobijado por la calidez emanada de una chimenea encendida. 

Por intuición pienso que la noche no está tan avanzada. Debido a la oscuridad no puedo ver la hora que marca mi reloj de bolsillo, pero deben ser las siete de la tarde a pesar que parece media noche.

A medida que avanzo los ecos se van exacerbando… la fractura de las hojas y ramas secas bajo los cascos del caballo, el graznido de los buhos, los lejanos aullidos de algún lobo solitario, el chasquido del follaje tras el paso de los habituales habitantes: zorras, ciervos, conejos… que se yo. 

Acostumbrado al rumor mecánico de un Londres atestado de gente y máquinas, no puedo dejar de reconocer que me encuentro perturbado y un desagradable escalofrío que recorre mi espalda, haciendo erizar los vellos y poniéndome la piel de gallina me confirma que tengo miedo. 

No puedo considerar que soy un hombre cobarde ya que durante toda mi infancia y entrada la adolescencia, abandonado por mis padres en un sórdido barrio de la ciudad, debí aprender a vencer mis temores y sobre vivir en los bajos fondos, entre maleantes y sabandijas peligrosos, siempre dispuestos a lograr sus objetivos a cualquier costo, hasta que una día afortunado, una dama caritativa decide acogerme bajo su protección, para proveerme de una buena educación y convertirme en el flamante abogado en el que me he convertido. Oficio que me ha forzado dejar la cómoda seguridad de mi casa en Mayfair, para ir al encuentro de los herederos de un acaudalado terrateniente, que viven en un perdido condado, al que ni siquiera el tren tiene acceso.

Avanzando por el lúgubre sendero no puedo dejar de recordar tantas historias de miedo que escuché de boca de la servidumbre de mi protectora que hablaban de los seres espectrales, animales fantásticos, hadas, gnomos, brujas y demonios que pueblan los bosques de Inglaterra.

No es exagerado admitir que las inmensas sombras de algunos árboles que extendían sus ramas sin vida, me hacían ver figuras infrahumanas que alargaban sus huesudos brazos hacia mí con el único fin de atraparme y hacer prisionero de su iniquidad. 

Debo admitir, más de una vez cerré los ojos aterrorizados y torpemente hice la señal de la cruz, tratando de exorcizar las presencias que me cercan amenazantes. 

-Maldita noche y maldito cometido- blasfemo a voz en cuello haciendo caso omiso a las remachadas consejas de Lady Rose, siempre vigilante de todo lo que de mi boca afloraba. 

Pero debido al estado de nervios que me invadía, no encontraba otra palabra mejor para aligerar la zozobra, así que no exagero al confesar que en el lapso de un par de horas proferí la imprecación al menos una docena de veces. 

Abatido, casi sin darme cuenta llego a una encrucijada, donde tengo la impresión de ver la figura de una mujer vestida de negro, parada inmóvil bajo una encina, pero antes de comprobar la veracidad de la repentina visión y decidir por cual camino proseguir, repentinamente se levanta una insólita ventisca que hace volar hojas, tierra y pequeñas ramas que me hacen enceguecer y encabritar al corcel, que desbocado toma el sendero izquierdo sin darme oportunidad de hacer nada para impedirlo. 

Aferrado al robusto cuello de la bestia trato de no caer y con dificultad empuño las riendas intentando detener la estampida hasta que súbitamente se detiene como si una fuerza invisible le hubiera apaciguado. 

Con el corazón trepidante, como si fuera a salir del pecho, desmonto y tomo varias bocanadas de aire tratando de calmarme, y es allí, en medio de la nada, cuando alcanzo a ver la dorada luz que resplandece a la distancia, como invitándome a acudir a su encuentro.

Incrédulo, pensando que tal vez solo es un juego de mi imaginación exaltada, como los espejismos de los que hablan los han viajado a través del desierto, decido seguir mi instinto e ir en dirección de la luz. 

No vislumbraba que podía encontrar en un lugar tan apartado, pero la necesidad de tener un refugio cálido y seguro era tan apremiante que no me detengo en estériles cavilaciones y prosigo por el sendero que, increíblemente me iba indicando la bestia, quién lo recorría con una seguridad tan abrumadora que, si yo no fuera su dueño casi desde que nació en las cuadras de mi familia adoptiva, pudiera aventurarme a pensar que ese era su trayecto habitual. 

Fatigado, hambriento y soñoliento me golpe me encuentro ante la imponente reja que imagino reguarda la entrada de alguna residencia campestre.

Por las dimensiones, lo intrincado de la forja en la que se mezclan ramas y rosas, y el imponente escudo tallado en piedra y colocado sobre el dintel, fue tarea fácil deducir que me encontraba ante el umbral de algún castillo o una noble mansión solariega. Una de las tantas opulentas residencias señoriales esparcidas a lo largo y ancho de la campiña inglesa. 

-Impresionante entrada- dejo escapar subyugado por el sorprendente hallazgo y eso que no puedo apreciar todo con acuciosa mirada por lo que desmonto de un salto, me acerco, palpo el trabajo ara sentir su maestría y sin pensarlo dos veces abro la reja, permitiendo el paso del equino que sin mayor estímulo cruza el acceso con suave trote para detenerse unos metros más adelante.

Decidido a pedir posada por una noche continúo envuelto por un fuerte aroma a musgo, líquenes y tierra mojada. 

Conforme me aproximo constato que se trata de un antiguo castillo y voy tomando conciencia de las magnas dimensiones del edificio.

Ya en su parque, gracias a la luz que se desborda por las amplias ventanas del primer piso puedo advertir algunos detalles arquitectónicos y florituras decorativas como grotescas representaciones humanas, pero en particular un grupo de gárgolas de apariencia demoníaca que en medio de la noche no pueden menos que impresionar. 

-Debe ser la casa de algún Conde o Duque- pienso de inmediato y por un momento me asalta el impulso de no tocar a la puerta y desandar el camino, invadido por un imprevisto temor irracional.

Ante aquel palacio, posiblemente del siglo XVI o XVII me siento empequeñecido y por momento tengo la incómoda sensación de ser observado. 

Cohibido ante aquella enormidad caigo en un mar de dudas y en mi mente se inicia un soliloquio sobre qué era lo más prudente, hasta que unos feroces gruñidos y los agitados movimientos de mi caballo que bufaba y pisaba la grava con nerviosismo, me hicieron regresar a la realidad, para encontrarme de cara con la amenazante estampa de dos oscuros mastines de enormes dimensiones y ojos de fuego, que desde el cenit de la curvada escalera de mármol que daba acceso a la planta noble del castillo, bajan con furia para abalanzarse sobre mí. 

Ante semejante amenaza, por fracciones de segundo quedo petrificado, con la sangre congelada en mis venas, pero gracias al instinto de supervivencia, comienzo a correr y gritar pidiendo auxilio.

En mi irracional huida sin percatarme penetro por el camino que da a una gran fuente de la que impetuoso surge el Dios Neptuno y casi alcanzando sus quietas aguas, de un solo golpe soy derribado por los canes que irascibles muerden mi brazo izquierdo y el muslo derecho, agitando sus hocicos para facilitar que sus afilados colmillos penetraran hasta mi piel.

Casi logran su objetivo, pero una firme voz femenina les ordena que se detengan, y ellos, obedientes y mansos, abandonan su presa y prestos desaparecen tras la celestial aparición. 

Tumbado sobre la llevar que rodea el estanque y con el orgullo herido no alcanzo distinguir a mi salvadora hasta que esta se aproxima y con dulzura se pregunta…

-Se encuentra usted bien? Le han hecho algún daño?

Es en ese preciso instante cuando ocurre un hecho milagroso. 

De la oscuridad emerge una majestuosa luna de otoño, tan grande y brillante que ilumina a la perfección el angelical rostro de mi redentora. 

Inclinada sobre mi percibo el fascinante rostro de una joven de oscuros cabellos ensortijados e inmensos ojos azules. 

Con sus delicadas manos me ayuda a incorporar y sutilmente me toda del brazo derecho conminándome a seguirla.

Anonadado por su belleza, las palabras se quedan trabadas en la garganta y solo puedo advertir como se desplaza hacia el edificio con una levedad tal que parece flotar sobre la grava y no tocar los peldaños de la escalera.

Al empujar con delicadeza la enorme puerta de roble primorosamente tallada con cuadros que me parecieron de escenas bíblicas, entramos a un espléndido vestíbulo y luego a un suntuoso salón de cuyo techo abovedado pende una enorme araña de cristal francés iluminada por decenas de áureas velas blancas que bañan de luz el lugar, calentado por el amable fuego que arde en una imponente chimenea de mármol blanco custodiada por dos feroces dragones sobre la cuál cuelga, en medio de un recargado marco dorado orlado de ángeles y flores, el retrato de una joven de impactante belleza, semejante a mi anfitriona pero vestida con ropa de inicios de siglo.

Todavía un poco aturdido por el incidente ero tranquilizado por la hipnótica voz de la dueña de casa, alcanzo a ver como de una pequeña puerta disimulada en la pared emerge un hombrecillo de edad madura, aspecto rechoncho y vestido con una graciosa camisa de dormir que, angustiado se aproxima a la dama.

-Que ha sucedido my lady? Los ladridos de los perros y una voz de hombre pidiendo auxilio me despertaron junto al resto de la servidumbre que inquietos aguardan en la cocina para tener noticias de lo ocurrido- dice a su señora mientras me lanza una mirada indescifrable.

-Los perros atacaron a este joven- responde señalándome, y gracias a Dios yo estaba aún despierta para poder salir a socorrerlo.

-Pero… quién es usted y qué hace aquí en Clifford Abbey? Señor, usted está violando propiedad privada al penetrar en esta propiedad sin haber sido invitado. Los perros pudieron destrozarlo por su imprudencia de venir como un ladrón en medio de la noche- Dispara el viejo con voz incriminatoria y conminándome con uno de su nudosos dedos a responder sin dilación. 

-Soy Edward Cronwell, abogado de Londres. Viajo hacia las propiedades del difunto Conde de Easter y accidentalmente llegué hasta aquí al perderme en el bosque.

Estaba frente a la casa y me disponía a llamar a la puerta para pedir refugio pr esta noche cuando fui atacado por los canes y salvado por my lady- respondo con palabras entre cortadas, mientras la joven señora vierte un poco de escocés dentro de una centelleante vaso de cristal tallado que gentilmente coloca entre mis manos para hacerme entrar en calor.

El viejo mueve la cabeza en señal de desaprobación y está a punto de agregar algo más cuando la dama se dirige a mí persona, frenando las palabras del sirviente.

-Míster Cronwell, imagino que no habrá comido y estará fatigado-

-Así es my lady – respondo automáticamente –pero no se preocupe por mí. Solo quiero pedirle me permita pasar la noche bajo su techo. Pueden acomodarme en alguna de las habitaciones de servicio. No quiero molestar. Pariré mañana a primera hora.

Sin atender mis palabras se gira y pide a su mayordomo que preparen cena y cama.

-Lady Blanche…- pronuncia el sirviente queriendo tomar la palabra, pero ella lo mira con tal firmeza que este no tiene otra alternativa que bajar la mirada y obedecer sin contradecirle, pero no sin antes lanzarme una mirada de desaprobación y desconfianza antes de desparecer por donde había entrado. 

Con generosidad y una sencillez perturbadora lady Blanche me sirve otro trago y se sienta a mi lado para conversar, preguntándome por Londres y mis actividades, seguramente con la sola intensión de hacerme olvidar por completo el mal trance sufrido ante la puerta de su casa. 

Sintiendo el suave perfume de jazmín y rosas que se desprende de su frágil cuerpo de alabastro, la escucho arrobado cuando entra al salón una joven sirvienta que disimulada le indica algo al oído.

Lady Blanche se incorpora. Yo hao lo propio. Con gran gentileza me indica que todo está preparado; el agua para el baño, la habitación, la cena caliente, y con un elegante ademán de su grácil brazo ricamente enjoyado indica que la siga.

En silencio salimos de la habitación, no sin antes percibir la extraña mirada que dirige a la dama del retrato sobre la chimenea, que a esa hora de la noche, quizás por efecto del licor sin haber comido, absurdamente parece haber cambiado de posición. 

Regresamos al vestíbulo y lentamente comienza a ascender por la escalera de peldaños de mármol italiano ricamente alfombrada en bordeaux. 

En el primer descanso se detiene por un segundo y capto de nuevo su intrigante mirada. De nuevo otro imponente retrato de la mujer del salón, pero vestida con un traje más actual.

Ene se momento traté de no darle importancia pero antes de re iniciar la escalada puedo jurar que la del retrato me ha mirado pero… -No! Es imposible. Seguro todo es fruto del cansancio. Es una locura!. Una pintura no puede observar a un ser humano- digo entre dientes creyendo no haber sido escuchado pero…

-Ha dicho usted algo?- pregunta Lady Blanche que se gira curiosa hacia mí. 

-Decía que es una dama muy hermosa la de los retratos- respondo tratando de mantener la sangre fría y no cometer la imprudencia de comentar mi impresión, a riesgo de ser tomado por un demente.

-Es cierto- responde con una sonrisa y sigue caminando hasta llegar a l inicio de un largo corredor amueblado con dorados muebles franceses del siglo XVII, tapizados en seda, salvados de la revolución, académicos retratos familiares de todas las épocas que al pasar frente a ellos me dan la misma sensación que me observan y siguen con la mirada, costosas arañas de cristal austríaco iluminadas como en una noche de fiesta y una multitud de puertas cerradas, con picaportes de oro.

Se detiene frente a la última de ellas, gira la mañilla y…

-Esta será su habitación míster Crondwell. Aquí encontrará todo lo que necesita. Me he permitido mandar preparar el baño para que se despenda del polvo del camino. Auguro que pueda descansar y olvidar el enojoso asunto con los perros.

No se preocupe por levantarse temprano. Puede dormir tranquilo.

El desayuno se sirve en el comedor formal a partir de las diez. Uno de los empleados le avisará y acompañará, Y… puede dejar sus botas frente a la puerta para que se las limpien.

Que pase una buena noche-

-Quedo agradecido my lady…- es lo único que alcancé a decir antes que ella cerrara la puerta y desapareciera.

Tal como ofreció, dentro de la habitación pude encontrar lo necesario para asearme, alimentarme y descansar.

La alcoba era amplia. Techos de doble altura, dos grandes ventanales vestidos de tafeta de seda azul cobalto, una chimenea bien alimentada con gruesos troncos que producen un fuego abrazador cuya calidez se esparce por todo el espacio produciéndome una placentera sensación de adormilamiento. 

La enorme cama de adoselada, cubierta con elegantes sábanas de seda, perfumadas con lavanda, estaba ya preparada para el reposo, y frente a una primorosa berger tapizada con suave terciopelo blue, una mesita redonda vestida hasta el suelo, sobre la que reposa una pesada bandeja de plata cincelada sobre la que se apoyan variados platos, copas de cristal y una botella de fino vino tinto francés.

Fatigado pero curioso recorro el perímetro de mi temporal aposento para dar un vistazo a algunas de las pinturas colgadas sobre las paredes. Antiguos personajes que supongo alguna vez formaron parte de la familia. Obras de impecable factura que bien podrían ser expuestas en algún prestigioso museo más que en una residencia particular.

Un atisbo muy didáctico que me permite descubrir los secretos de algunas obras, grandes y oscuras, colgadas en los lugares más elevados de las paredes. Pero no puedo continuar; el hambre hace rugir mis entrañas. Sin dilación me siento a devorar todo lo que han tenido a bien obsequiarme. 

Con rapidez desaparecen las viandas, igual que la botella de vino, y pronto comienzo a sentir los efectos del alcohol, obligándome a levantarme para asearme y meterme en la cama.

Con los sentidos adormecidos me levanto torpemente t trastabillando penetro en la pequeña salita iluminada que sirve de toilette, donde encuentro una tina de bronce con patas de león y un pesado aguamanil de plata rebosante de agua perfumada y pétalos de rosa.

Desorientado percibo mi reflejo sobre la pulida superficie de un añoso espejo veneciano y procedo a desnudarme para asear mi cuerpo que siento pegajoso por el sudor y polvo del camino.

Justo al momento de posar mi segundo pie dentro del agua escucho diez campanadas provenientes del ornamentado reloj francés apoyado sobre la repisa de la chimenea. Soñoliento derramo un poco de agua sobre mi cabeza que, vertiginosamente corre descendiendo sobre mi cuerpo para unirse con la que plena la tina. 

El contacto de mi piel cansada con el tibio elemento permite que mis miembros rígidos se relajen. 

De golpe me sumerjo dentro del acuoso elemento y unos segundos más tarde emerjo como retornando a la vida. 

En silencio permanezco largo rato observando absorto un punto imaginario en la pared hasta que finalmente me incorporo abandonando la tina, dejando un reguero de agua sobre el piso resbaloso. Regreso a la estancia donde sorprendentemente de la mesa ha desaparecido los restos de la cena y en su lugar me espera una botella de cava, junto a una copa de plata, una rosa blanca y una nota escritas con elegantes trazos donde puedo leer…

-Para que pase usted una noche placentera-

El detalle me sorprende y arranca una tímida sonrisa. Brindo por mi anfitriona y miro hacia el lecho, pero una fuerza irracional me hace ir hasta una de las ventanas, descorrer las colgaduras y observar los rayos que centellean a lo lejos, iluminando algunos claros del jardín.

Abstraído en la contemplación de la tormenta desatada, gracias al fugaz destello de una centella alcanzo a percibir en el jardín la figura de lo que parece ser una mujer vestida de blanco, ¿Lady Blanche? Que forcejea con lo que pienso eran dos muchachos, o quizás enanos, pero casi de inmediato con el poco raciocinio que aún me queda pienso que ha sido un juego de mi imaginación, producto de la lluvia y las sombras de la noche.

Atisbando de nuevo desde mi refugio solo logro ver las ramas de los árboles violentamente batidas por las ráfagas de viento y las gotas de lluvia que se estrellan sobre el empañado cristal de la ventana.

Decidido a no dejarme influenciar por los elementos corro las cortinas y camino como autómata hacia el lecho, sobre el que me dejo caer, pesado como un fardo.

Reposo algunos minutos sobre la espalda, con los ojos cerrados y la cabeza dando vueltas como una noria, hasta que al abrirlos, cuando giro a mi derecha para apagar el candil observo lo que a la distancia parece ser el oscuro retrato de una dama, pero por más que forzó la mirada, no alcanzo a reconocer los rasgos de la imagen, así que, vencido doy un fuerte soplido sobre la flama quedando en total oscuridad. Me doy vuelta, vuelvo a cerrar los ojos y caigo de inmediato en un profundo sueño.

Para mi desgracia el cansancio no me permite reposar, despertando innumerables veces. Inquieto por algo que no comprendo me revuelvo de un lado al otro de la cama y creo percibir rumores peregrinos al otro lado de la puerta. Por momentos logro sentir pasos apresurados, murmullos e incluso un lejano lamento que se puede confundir con el viento, la lluvia o los truenos.

-Hoy es imposible dormir- digo exasperado, pero de pronto todo termina al mismo tiempo, incluso la tempestad, y un súbito declive de la temperatura me hiela la sangre.

Sin poder dar crédito a lo que ocurre, sin intervención humana, las sábanas resbalan por mi cuerpo sudoroso, cayendo a un lado de la cama, dejándome completamente desnudo en medio del lecho.

Aterrado intuyo una presencia en la habitación que intempestivamente se lanza sobre mi apolándose sobre el pecho oprimido que parece estallar.

Mientras mi corazón se acelera siento su fétido aliento sobre mi rostro el cual huele como un animal reconociendo a su presa.

Temblando de pavor no sé cuánto tiempo paso olfateándome hasta que sus labios húmedos bajan por mi oreja descendiendo hacia el cuello palpitante por el frenético flujo de sangre que corre por mis venas, donde dos imprevistas punciones penetran la piel.

Tras un instante de terror se va produciendo placer. Un goce extraño y desconocido, diría sobre humano, que me arroja a una especie de éxtasis, hasta que finalmente abro los ojos y a pesar de las sombras distingo los borrosos rasgos de una mujer con ojos de fuego que al sentirse observada chilla con tal furia produciendo un ensordecedor sonido que seguro despierta a todo ser vivo del castillo, mientras yo pierdo el conocimiento.








martes, 12 de septiembre de 2017

CUENTO: VITE PARALLELE - THE NJCHLAS' STORY “X” (Español)


CUENTO:

Per. Pietro Bazzoli
Illustrazione: Daniele Enoletto 
Traduzione. Dott. Claudio Emilio Pompilio Quevedo


Al principio fue sólo una impresión. Nada en realidad, sólo el toque torcido de la fantasía en frente de los ojos. Un sueño incorpóreo que fluctúa en la mente sin límites. Entonces lo que estaba pasando delante de sus ojos se hizo más y más real: Njchlas estaba observando la transmutación del ángel. Se acercó a la mano suspendida en el aire y comenzó a notar las venas oscuras como el pinchazo de la extremidad de la criatura celestial. Las alas cándidas lentamente se estaban esfumando hacia el negro y la mórbida pluma estriada de azul que se había imaginado se separaron una a una. En su lugar despuntaron plumas oscuras, densas como la noche sin estrellas capaces de licuar el cielo. Sobre el cuerpo del ángel había comenzado a brotar cabello dañado y la sonrisa que irradiaba el misterio de la eternidad se estaba pandeando lentamente, transformándose en una sonrisa cruel. Finalmente los ojos, que él había dibujado cerrados en un sueño tan largo que solo un ángel estaba en capacidad de concebir, se abrieron fulminando al pintor con una mirada cargada de odio. De los tiempos etéreos del Paraíso fue sumergido de cabeza hacia las tierras carmesí del Averno, esparcido al suelo, maldiciendo a su creador por haberlo forzado a un destino tan cruel.

Observando cómo mudo espectador aquella caída hacia los infiernos, Njchlas se siente responsable de la suerte a la que involuntariamente forzó a su criatura de tinta.

Aquello que una vez había sido un ángel, lo miraba del otro lado de la tela y casi parecía salir para atraer a él a su creador, obligándolo a compartir con él aquel diabólico destino.

Njchlas se siente tirado de una fuerza insuperable hacia el dibujo, sin lograr oponer resistencia. El medallón estaba caliente como las llamas que se habían creado en el dibujo, pero Njchlas no se daba cuenta. La piel crujía bajo la camisa, al contacto con el metal incandescente, pero parecía que el muchacho no se daba cuenta.

<<Sí>> dice en voz alta.

Las penas del infierno son más soportables respecto a lo que me espera aquí, pensó.

<<Tómame. Tómame. TÓMAME AHORA>>, gritó. 

La figura no responde, pero continuó mirándolo con hastío, esperando que estuviera lo bastante cerca para saltar fuera y cortarle la garganta, desangrándolo.

Faltaban pocos segundos.

***
Isabella estaba corriendo en la oscuridad a lo largo de la escalera de madera, sus pasos resonaban en los corredores. Se había tardado una eternidad en encontrar la casa del muchacho que innecesariamente había sido erigida al centro de un laberinto inexpugnable, aunque si nada parecía durar más de aquellas escaleras infinitas. No sabía por qué, pero tenía la impresión de iniciar una carrera contra el tiempo. Cuando Don Claudio le restituye una mirada de regreso, él no sabe que decir: el hombre parecía en espera de una pregunta, una cualquiera, pero su lengua no atisbaba a moverse. Se sentía boba, insignificante y solo deseaba que aquel hombre de aire bondadoso la apretara entre los brazos preguntándole si estaba perdida. Isabella sabía que no estaba perdida. No, ella estaba exactamente donde deseaba estar a un paso de tocar aquella curiosidad enferma y extrañamente tentadora a la que no sabía dar nombre. 

Parecía ser una niña racional. El amor por el arte era la única vía de escape que se concedía, pero sin dejarse dominar. Nada en su vida era dictado por la casualidad: cada jornada estaba sub dividida por horas que tenían una etiqueta y aquella etiqueta era escogida por entidades superiores a ella, como correspondía a una muchacha de buena familia en edad de casarse. Tenía dieciocho años, pero no lo sabía. Ni siquiera había vivido un segundo de su existencia, excluyendo aquella pequeña fuga organizada a los Uffizi hacia donde sus tutores cerraban un ojo, y no se daban cuenta. Mirar en los ojos de aquel muchacho le había cambiado el ánimo. Como por encanto, su vida le parecía extrañamente incolora, gris, de una tonalidad que –quién sabe por qué- nunca se había dado cuenta antes. Njchlas había desvelado su pasado y su corazón golpeando sus parpados y ni siquiera lo sabía. Probablemente una parte de Isabella lo consideraba responsable de todo esto, si bien no sabía de qué acusarlo. 

<<Estoy buscando a Njchlas>>, dice a Don Claudio rompiendo aquel silencio frío e inmóvil que parecía haber condesado el aire y el tiempo alrededor de ellos. 

<<Extraño. Parece que últimamente todos buscan a aquel muchacho>>

<<Quién más lo busca?>>, pregunta ligeramente preocupada. 

<<Los recuerdos>>.

Aquella frase lanzada al aire se pierde a lo largo de la calle, sin que la muchacha logre entender su significado.

Isabella decide no dar importancia a aquella extraña melancolía que aferra la voz del hombre, así como no deseaba mirarlo a los ojos, para no ser contagiada de la melancolía líquida que parecía brotar de sus párpados, por miedo de ser contaminado.

Bajó la cabeza reverente, esperando que Don Claudio intercambiara por timidez aquel exceso de cortesía. 

<<Es muy importante que yo lo encuentre>>, retoma.

<<Para ti o para él>>.

<<No lo sé>>.

<<Ha visto sus cuadros? Es una admiradora?>>

<<No, nunca he visto uno>>, admite << Soy más bien como un conocida>>.

Don Claudio buscó bajar entre aquellos suaves cabellos, que la luz tenue coloreaba de oscuro. Estaba seguro que a la luz de una sonrisa tenían matices dorados, pero en aquel momento, mientras caían sobre el rostro de la muchacha, recordaban más las sombras de un bosque. 

<<Entra>>.

Isabella levantó la mirada sorprendida. Esperaba que el hombre tuviera solamente dos opciones; decir donde vivía el muchacho o negarle la información. Aquella invitación la había tomado de improviso y ciertamente la cosa no había escapado al galerista. Don Claudio estalló en una carcajada, acercándose y colocando una mano sobre la espalda. 

<<Siéntate en aquella silla, enseguida estaré contigo>>

Mientras se sentaba, su mirada se pierde a lo largo de las paredes decoradas con pinturas. Muchas eran de tema religioso, pero pintadas con una sensibilidad tan humana y atormentada que las hacía extremadamente románticas. Isabel no creía que pudiera haber tanta humanidad en un ángel o que el rostro de un pecador pudiera parecerse tanto a la de cualquier hombre de la calle. 

Miró Don Claudio que ponía fin a la negociación con su invitado que rápidamente le estrecha la mano indicando una pintura que estaba detrás de la espalda de Isabella. La muchacha giró instintivamente la cabeza y ve el objeto que el coleccionista acababa de comprar. Era una versión de la creación de Adán como nunca había visto antes. En el lienzo estaba vertido todo el dolor que significaba venir al mundo y el autor no había hecho nada para ocultarlo. Estaba claro que, para hacer una obra del género uno debía entender completamente lo que significa vivir, morir, simplemente respirar o abrir los ojos por primera vez. 

La joven no logra contenerse:

<<Quién pintó el cuadro que vendió?>>.

Don Claudio le responde con una sonrisa llena de misterio.

<<Realmente no lo imaginas?>>.

Isabella agrandó los ojos y comprende por primera vez quién es realmente el muchacho que la había salvado del abismo.

<<Dígame donde se encuentra, le suplico>>.

Don Claudio ya estaba doblado sobre el escritorio tratando de escribir sobre un pedazo de papel. Cuando hubo terminado le tiende la hoja confiando a una sonrisa toda la buena voluntad del caso.

Ella, torpemente, toma la dirección de Nchlas, mirándose los pies y luego huye rápidamente por la puerta. No antes de haber susurrado un “gracias” a la dirección del galerista. 

****
Un ligero golpe lo despertó de sus sueños inmóviles y, como un mendigo ciego, regresó a la eternidad sin entender donde se encontraba. El pecho le picaba, aunque no había signos de quemadura y el colgante de metal estaba frío como el hielo. Da una última mirada al diseño: apenas dibujado, era el rostro de un ángel caído con los ojos abiertos.

Njchlas siente una emoción correrle a lo largo de la espalda. 

Otro toque amable contra la madera rugió en la habitación, distrayéndolo de sus pensamientos.

Tomando un trapo, se enjugó el sudor que le brillaba la frente y con calma se dirige en la dirección de la salida. Apenas girada la manilla, se encontró delante de la muchacha de los Uffizi, manos en su regazo y la mirada baja. 

Tardó un tiempo en reconocerla: la oscuridad que ensombrecía el pasillo había retratado sus delgados dedos del rostro de la muchacha, aunque si no había dejado del todo la presa, preservando un pedazo en la sombra.

Njchlas no dice una palabra, invitándola silenciosamente a entrar. La muchacha aceptó con una señal de cabeza y da los pocos pasos que la separaban del umbral. Por un momento, Njchlas teme que aquella oscuridad de brea alargase los brazos, atrayéndola hacia él por siempre. Miró el corredor buscando distinguir aquel enemigo incorpóreo e imaginario, antes de cerrar la puerta. 

Isabella no sabía dónde meterse. Se sentía incómoda, fuera de lugar y se creyó una estúpida, por no haber pensado mínimamente que decir al muchacho. Se había concentrado tanto en su búsqueda de Njchlas que no se planteó el problema de que le habría dicho una vez encontrado. 

Y luego estaba aquella habitación.

Isabella se preguntaba como un ser humano podía vivir en semejante ambiente. Las paredes eran amarillentas, sucias e infectadas de moho. La cama estaba empapada con manchas, las sábanas sucias y quemada en varios lugares. La puerta del armario estaba destartalada, fuera de las bisagras, y una pila de ropa peleaba con la gravedad para salir fuera. En cada ángulo, la vista de Isabella se cruzaba con pilas de libros, lienzos y polvo. Entonces un débil golpe de viento atrajo su atención hacia la ventana y de repente se da cuenta de la existencia de la ventana. Todo lo demás estaba sucio, pero la vista que Njchlas gozaba cada día era indescriptible. Florencia estaba a sus pies, servir, preparada para susurrarle a los oídos dulces palabras que abrían inspirados su obras. Aquella visión, e que las agujas acumuladas de los palacios transfiguraban el cielo cubierto de nubes blanquecinas, le robó el respiro, haciendo desaparecer todo lo demás. 

Njchlas la miraba en silencio. Sobre su rostro no había curiosidad, y parecía que la situación no lo desconcertaba en absoluto, como si no fuera nada extraño el hecho que una desconocida acabara de espiar en su apartamento. 

Isabella se volteó en su dirección, sin saber bien que decir. Él la esperaba, sin prisa. 

<<Hay tantas cosas que deseo preguntarte>>, dice finalmente la muchacha. 

<<De cuál quieres que inicie?>>

<<Del principio>>.