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viernes, 31 de octubre de 2025

CUENTO DE HALLOWEEN: Los Once Latidos de la Dama de Octubre de Claudio E. Pomplio Q

 


Por. Claudio E. Pompilio Quevedo
Foto. Creación de CEPQ con IA

1. El Perfume de la Muerte en el Bois de Boulogne

París. La noche del 31 de octubre de 1920.

Una bruma perlada, como el aliento helado de un secreto inconfesable, se cernía sobre la Ciudad Luz. En la opulenta Avenue Foch, lugar de residencia de ricos y famosos, frente a la promesa verde y melancólica del Bois de Boulogne, la Condesa Victoire d’Urs residía en un espléndido palacete.

El apartamento, más bien una pinacoteca viva, olía a terciopelo envejecido, sándalo y la efímera fragancia de los lirios blancos, aquellos que la Condesa insistía en tener frescos, desafiando a un otoño que ya mordía la piel de los más débiles.

Victoire. Un nombre que sonaba a triunfo y una mujer que lo encarnaba. Divorciada de Charles D’Urs, el industrial del hierro cuyo nombre había sido estampado en su riqueza, no en su alma.

Su belleza legendaria era un escándalo bien vestido: la cabellera de un negro satinado, cortada à la garçonne, enmarcaba un rostro de facciones cinceladas, labios de carmín Guerlain, y unos seductores ojos verdes, hondos y brillantes como los de una gata de angora, que parecían albergar la historia de todas las pasiones prohibidas de la ciudad.

Siempre vestida con la inmaculada elegancia de las últimas propuestas de su amiga Mademoiselle Chanel, siempre adornada con hilos de perlas que reflejaban la luz con una pátina de hielo.

La vida de Victoire era un torbellino de bohemia exquisita. Sus salones, un faro para los poetas malditos, los pintores de vanguardia como Dalí, Picasso y los flâneurs de la noche parisina. Todos, hombres jóvenes, deslumbrantes por su talento o su linaje, que acudían al llamado silente de sus ojos, a la promesa de un lujo que no solo era material, sino vital. Eran los nuevos Adonis de una época hambrienta de placer, excesos, y la joven Condesa, su sacerdotisa.

Sin embargo, a pesar del brillo, boato y oropel, esa noche, la atmósfera se había quebrado irremediablemente..

2. El Horror en Papel Satinado

Eran las diez de la mañana, el sol otoñal deslumbraba sobre calles y plazas, pero el boudoir de Victoire permanecía en una penumbra dorada, porque la luz de la mañana era filtrada por pesadas cortinas de damasco. La Condesa yacía perezosa, entre sábanas de seda de Lyon, su grácil figura de ninfa, envuelta en una elegante bata de crêpe de chine con dibujos plateados. En sus manos, Le Figaro temblaba levemente.

«El Aterrador Asesinato del Joven Vizconde de La Marque: El Corazón, el Trofeo Ausente. Cuarta Víctima en Seis Semanas.»

El escandaloso titular era una cuchillada dirigida directamente a su corazón. El vizconde de La Marque. Su última aventura, un muchacho con alma de poeta y manos de escultor. Una semana antes, había compartido el mismo lecho que ahora la sostenía, recorriendo cada espacio de su cuerpo hasta llenarla de placer. Las víctimas, según mencionan; Todos hombres jóvenes. Todos conocidos. Todos… sus amantes.

Un escalofrío helado, que no provenía de la temperatura de la habitación, recorrió su columna vertebral, haciéndola estremecer. Sus costosas perlas se sintieron frías como cuentas de hielo que le apretaban el cuello, dificultando la normal respiración.

Según declaran los investigadores encargados del caso, el modus operandi era de una simetría espantosa: el pecho abierto con una precisión quirúrgica, y el corazón, el centro palpitante de la vida, extirpado sin rastro, dejándose en su lugar, una rosa roja.

Los cadáveres, fueron depositados con una pulcritud macabra en los escenarios más emblemáticos de París: el jardín de las Tullerías, le Louvre, bajo el Pont Neuf, en la base del Arc de Triomphe. Lugares de luz y gloria, mancillados por una oscuridad primordial.

«Una terrible coincidencia», intentó decirse. Pero en la garganta, la palabra se convertía en un mudo nudo de terror.

Una sombra, una duda nauseabunda, se instalaba en el centro de su alma elegante. ¿Será ella el origen, el epicentro inconsciente de esa orgía de sangre?

3. La Niña y el Aliento del Odio

A dos pasillos de distancia, en la habitación de su pequeña Catherine, la luz se presentaba brillante, casi estridente, en la amplia recámara decorada con la fantasía meliflua propia de la infancia. Catherine, de ocho años, era una niña de una belleza extraña, casi espectral, con un halo de rizos dorados que contrastaba con sus enormes ojos, dos pozos de un verde insólitamente profundo, el mismo tono seductor de su madre, pero infectados de una madurez cruel, de un odio que no le correspondía a su edad.

Sentada sobre una alfombra de Aubusson, jugaba con una colección de muñecas de porcelana, las mismas que Madame Rose, su severa niñera inglesa, a través de los últimos años le había traído de Londres, cada vez que la empleada se tomaba un respiro para ir a ver a su familia y re encontrarse con sus oscuros orígenes.

No obstante su aspecto dulce, con una con una seriedad ritual, Catherine las decapitaba, una a una, con unas pequeñas tijeras de plata, donde sus dedos diminutos empapados en sudor, actuaban con una violencia infantil e incomprensible.

Madame Rose, es la antítesis de la Condesa. Vieja, alta y huesuda, con la tez de pergamino y la mirada gélida. Su imagen recuerda a las viejas brujas y a las hechiceras de los cuentos de hadas. Al ojo crítico de los que, de una manera u otra, pueden alternar con ella, es una figura austera, demasiado sombría para el gusto de la mayoría de las amistades que visitan la Casa D’Urs, que transita por el apartamento de manera silenciosa, se diría imperceptible, con el silencio de un espectro y la eficiencia de un reloj de torre.

Ahora, alejada de la señora de la casa, peinaba con esmero los cabellos de la niña, y con cada cepillada, deja escapar un murmullo seco.

«Ten paciencia, querida. Ten paciencia.» La voz de Rose era un bisbiseo árido, casi eclesiástico. «Tu padre regresará. La vida es un ciclo, y toda deuda ha de ser pagada, no lo olvides. Cada pieza debe ser colocada en su lugar antes del gran retorno.»

La niñera esbozó una sonrisa maligna que no llegó a los ojos de su protegida. Una mueca demencial, seca y desprovista de toda humanidad, que se posó sobre su rostro como una terrible máscara agrietada.

Catherine, ajena al macabro consejo y con la cabeza de su última muñeca en la mano, asintió con una lentitud que helaba la sangre. En sus pueriles ojos verdes, el odio no solo brillaba: latía.

4. El Silencio de la Comisaría y la Invasión

Las semanas se arrastraron con la pesadez de una mortaja, y entre tanto, un quinto asesinato, extrémese a la opinión pública, y mucho más a la condesa divorciada. Louis Bonavile, un joven músico, que recientemente estuvo entre sus brazos. La policía, dirigida por el Inspector Moreau, estaba sumida en una ciénaga de confusión. La prensa, ávida, había bautizado al asesino como «El Coleccionista de Corazones».

Moreau, un hombre de la vieja escuela, con la astucia de un zorro y la paciencia de un cazador, había pasado noches en vela. La Condesa d’Urs era el único punto de convergencia, el único hilo real, pero era demasiado obvio, demasiado elegante para ser verdad. ¿Una asesina? La idea sonaba ridícula. Sin embargo, los celos de un ex marido, una sirvienta despechada… algo olía a azufre en ese apartamento de la Avenue Foch.

Una mañana gris, sin más pistas que el horror de los cadáveres, Moreau obtuvo la orden.

El silencio en el suntuoso apartamento era profundo, solo roto por el crujido de los zapatos de los detectives en el parqué de ébano pulido. Registraron el salón, el tocador, la biblioteca, el dormitorio de la Condesa.

Lujo, elegancia, desorden bohemio… pero ningún rastro de sangre, ninguna herramienta, nada.

Frustrado y confundido, a punto de dar por terminado el cateo, el Inspector se detuvo frente al pasillo de las habitaciones de invitados. Solo quedaba la habitación de la niña, -piensa intuitivamente-. Era el lugar menos probable, el santuario de la inocencia, pero la intuición, esa vieja bruja de la policía, le susurraba en la nuca.

Al ingresar, la atmósfera cambió. El aire se sintió pesado, como si la felicidad de cuento de hadas de la habitación infantil hubiera sido corrompida.

Catherine y Rose no se encontraban presentes, según la dueña de casa, habían salido a dar una vuelta por el parque, pocos minutos antes de llegar la ley. Los muebles eran de un blanco inmaculado. Moreau se acercó al armario empotrado. Al mover una pequeña cómoda que lo flanqueaba, su dedo rozó un punto en el papel de pared que no cedió.

«Traigan la palanca.»

Al abrir el panel, no había otro armario, sino un hueco estrecho que conducía a una cámara oculta, desconocida para la condesa. Una habitación pequeña, forrada completamente en terciopelo carmesí. La luz, tenue y rojiza, revelaba un lugar de rituales y escena de pesadillas.

En el centro, un altar primoroso hecho de madera oscura. Sobre él, símbolos grabados que el Inspector no reconoció, pero que olían a paganismo antiguo, a brujería. Y lo más aterrador: una hilera perfecta de once frascos de cristal de Baccarat, sellados con cera negra, cada uno más grande que el anterior.

Dentro de ellos, conservados en una solución desconocida, flotaban once objetos.

Once corazones humanos, de un rojo oscuro, como frutos prohibidos, despojados de cualquier humanidad, convertidos en meros trofeos.

Pero la dantesca visión no terminaba allí. Había un duodécimo frasco. Vacío. Colocado al frente y en el centro, y justo detrás de él, una fotografía con recargado marco de plata.

El retrato de Charles D’Urs, el ex marido de la condesa, con una inscripción clara en la base: El Duodécimo y Último Latido.

5. El Último Acto de la Devoción

A pesar de sus años de servicio y haber presenciado los crímenes más terribles, el inspector Moreau sintió una náusea helada que casi le hace devolver el estómago.

El odio de la niña, que se comenta a sotto voce entre los elegantes de la ciudad. La frialdad de la niñera. La Condesa, una víctima hermosa, un simple cebo en una trampa diseñada por la venganza y el rito.

Rose, la sierva fiel, la tutora de un odio infantil, la ejecutora de un plan demencial para vengar la humillación del padre y asegurar su retorno.

«¡Rodeen el edificio! ¡Búsquenlas, rápido! ¡Debe estar cerca!» pero los agentes no logran encontrar a las desaparecidas.

Como último intento subieron a la azotea, donde el aire era cortante y la vista de París, imponente. El Inspector las vio inmediatamente. Abrazadas en el borde, con el viento jugando con los dorados rizos de Catherine y la falda negra de Rose.

La niñera giró la cabeza con gesto seguro y altanero. Sus ojos, normalmente secos, estaban ahora llenos de una desesperación acuosa, un dolor tan puro como el del amor más devoto.

«Querida,» le dijo a la niña, su voz era un eco débil. «Te he fallado. Nos han descubierto. Ya no podrá ser el regreso. Perdóname, mi amor.»

La niña, con una calma espeluznante, solo se aferró más al cuello huesudo de la mujer.

Sobrevino un eterno segundo de silencio. El tiempo se detuvo sobre París. Rose la estrechó con una fuerza final, un gesto de amor oscuro e incondicional, y dio un paso firme hacia adelante, al sentir que su niña adorada con una fuerza sobre humana, arqueaba su cuerpo hacia el infinito.

El impacto fue un sonido brutal que se extendió por la Avenue Foch. Abajo, en el pavimento de la Ciudad Luz, la niña y la niñera yacían unidas para la eternidad. La condesa gritaba enajenada viendo el infausto final de su única heredera y sin poder evitar los sentimientos de culpa por dejarla a su suerte en manos de la sirvienta, mientras ella hacía el intento de evadir su despecho, en los brazos de amantes furtivos, que a la final de la noche de pasión, solo le producían, asco, rabia, frustración y vergüenza.

La pavorosa venganza de una hija abandonada, la devoción demencial de una sirvienta ganada por las artes oscuras y el terror del corazón humano se habían estrellado contra la fría realidad, dejando a la Condesa Victoire d’Urs, bella, rica y sola, en un laberinto de cristal y silencio, sin saber nunca que ella era solo una pieza en el juego de corazones de su propia hija.



domingo, 31 de octubre de 2021

CUENTO DE HALLOWEEN: El árbol



El árbol.

Por Claudio Emilio Pompilio Quevedo

Dedicado a mi amada hermana Amira Lucrezia Lamour, quién por años ha presentido una presencia inexplicable en un árbol del camino.

Photo. Courtesy

Amira pasaba todos los días cerca de él, y una extraña sensación le recorría el cuerpo.

No sabía porque, cada vez que entrenaba o paseaba, algo la hacía mirar siempre en la misma dirección produciéndole invariablemente un tremendo escalofrío.

-¿Que me pasa?- se pregunta al sentir la piel enchinada y los finos vellos erizados, llegando a su mente extraños fragmentos de imágenes irreconocibles por ella. El árbol, una sombra...

Aún así trata de no prestar la mayor atención y seguir su camino, dispuesta a no dejar que algo desconocido la perturbe, robándole la tranquilidad que tanto busca.

Así van pasando los días, las semanas e incluso los meses, acrecentando la incomodidad en las tardes de otoño, cercanas a la noche de Halloween.

Para Amira la extraña fascinación por aquel árbol centenario no se aleja de su mente. Lo sueña en las noches, cuando el frío le cala los huesos, así que dispuesta a enfrentarse contra aquello desconocido, decide acercarse para ver qué ocurre.
Halloween está en pleno apogeo. Amira regresa de una fiesta maravillosa donde bailaban los muertos con los monstruos en una especie de aquelarre moderno.

Extrañamente no quiere permanecer en el jolgorio, como en otros momentos lo haría hasta el amanecer.

-¡Debo irme!,- piensa de repente, y como impelida por una fuerza invisible, toma su abrigo y sale apresurada de la lujosa villa donde sus amigos se divierten-

-¿Amira, Amira... adonde vas!- escucha tras ella sin prestar atención.

Su frente arde, debe escapar, salir de allí, el aire la ahoga y hace sentir que perderá el conocimiento.

Como una autómata abre la portezuela del auto, entra y lo enciende con rapidez, pisando el acelerador sin perder un minuto, iniciando una carrera desquiciante, como si estuviera invadida por algún ente incorpóreo que la hace actuar de manera errática.

En su febril carrera no presta atención a las luces de cambio, la máquina vuela sobre el pavimento humedecido, dando giros vertiginosos que podrían ser mortales para conductores sin experiencia.

De repente, su mente se nubla, la radio se enciende y deja escuchar una vieja canción. Un tema antiguo, de tiempos de la guerra, que a ella le parece extrañamente conocido.

El camino comienza a desaparecer entre la intensa niebla que se traga el pavimento y oscurece la carretera que pierde sus luces.

Sin comprender lo que ocurre, la bailarina se mira al espejo y un sentimiento de terror le recorre la espalda al no reconocer su propia imagen. El retrovisor refleja a una mujer semejante a ella, pero rubia platinada. Con un elaborado peinado, joyas rutilantes, que parece más a una pin up que a una artista del 2018.

Con un reflejo involuntario frena de repente, y deja caer su rostro sobre el volante, que se humedece con las copiosas lágrimas que brotan de sus ojos cuidadosamente maquillados.

El silencio es total. Solo siente frío en medio de la oscuridad.

Trastabillando abre la puerta y desciende del auto. Bajo sus altas zapatillas de satín negro siente los pedruscos del camino y se da cuenta que ya no está en la carretera.

Prueba a mirar alrededor, pero no logra percibir más que la espesa neblina que la envuelve como una pesada manta, hasta que poco a poco se va abriendo un claro entre el cielo y de las espesas nubes comienza a brillar la luna llena, grande y esplendente, mientras a lo lejos se escuchan las campañas de la iglesia anunciando las once de la noche.

Con su mano enguantada, trata de aclarar la vista, restregando sus delicados dedos sobre los párpados cansados, para encontrarse ante la terrorífica imagen del árbol que la inquieta.

Incrédula se acerca lentamente; hipnotizada por sus ramas desnudas, movidas por el viento, que no puede dejar de mirar con una especie de morbosa fascinación.

Las voces de un grupo de hombres la sobresalta e instintivamente trata de ocultarse. Eran partisanos llevando a un prisionero que habrían de ejecutar.

-¡Gunther!- murmura la muchacha, al reconocer a su novio.

Los verdugos se aproximan al tronco del árbol, atando al joven prisionero de cabellos dorados que desesperado grita en alemán.

Los crueles verdugos se burlan e insultan a su víctima mientras la desnudan y golpean con el fondo de sus armas.

Andrea quiere intervenir, tratar de parar el martirio de su amado, gritar que están equivocados, que si bien es cierto el muchacho es alemán, nunca ha estado a favor de la guerra, pero no logra hacerlo, está paralizada.

Desde la distancia, impotente, la desventurada consigue distinguir el rostro cubierto de sangre del joven estudiante de arte. Paralizada por el terror ve como uno de los ejecutores prepara una gruesa cuerda que logra lanzar a una de las ramas para luego colocarla alrededor del cuello del sentenciado.

-¡Andrea, Andrea..., perdóname mi amor. No puedo despedirme....!- repite el muchacho con fuerzas casi extinguidas.

Andrea, que se encuentra en el cuerpo de Amira, llora silenciosa, cerrando los ojos con todas sus fuerzas para no ser testigo del macabro espectáculo, hasta que se ve forzada a mirar, martirizada por los gritos de los hombres, que al unísono corean... -¡Más alto, más alto!

En pocos segundos el joven alemán pendía del viejo árbol, agitando el cuerpo con terribles convulsiones.

-¡Camaradas, vámonos de aquí!... -¡dejemos a este desgraciado para que se lo coman los cuervos!- Ordena el jefe del grupo, antes de salir corriendo y perderse entre las sombras.

Andrea corre hasta el árbol y sacando fuerzas sin saber de donde, logra desatar el nudo de la soga de la que cuelga su amado, quién cae al suelo como un pesado fardo.

Destrozada por el dolor le cubre de besos, y sus lágrimas van lavando el rostro del muchacho que por milagro parece recobrar la vida para pedirle perdón y despedirse.

-¡Esperame mi amor, hasta que nos reencontremos!. pronuncia la muchacha que tras escuchar las 12 campanadas provenientes de la Iglesia, sella su compromiso con un beso justo en el momento en el que a Gunther se le escapa la vida.

Una helada ráfaga de viento estremece las ramas del árbol al punto que parecen partirse. El cuerpo de Gunther se ha desvanecido mientras Andrea pierde el conocimiento.

Los destellos del débil sol de otoño anuncian la llegada del Día de todos los Santos.

Amira despierta a los pies del árbol de sus inquietudes, sin entender cómo llegó allí y que pasó durante la noche, pero extrañamente, al mirarlo, se siente liberada, el desasosiego se ha ido.

Lentamente se incorpora y sacudiendo el polvo adherido a su lujoso traje de fiesta se dirige al auto abandonado a la orilla del camino.

Al sentarse sobre el cómodo asiento de cuero negro percibe un delicioso perfume de mujer, en fracciones de segundo, como si viera una película en cámara rápida, revive lo ocurrido, haciéndole entender.

El árbol, Andrea, Gunther y ella... personajes entrelazados entre el pasado y el presente con un mismo fin. Que la pareja pudiera reunirse finalmente y descansar en paz.

El Día de los Muertos, decide ir al cementerio para llevar un ramo de rosas rosas. ¿A quién?. No estaba segura, pero eso no la detiene.

Vagando entre sepulcros cubiertos de flores, sin razón aparente, se detiene frente a un lujoso panteón, en el que resalta un dorado medallón con la fotografía de una hermosa joven semejante a ella.

-Andrea Foscati- Lee inscrito en el mármol. "A nuestra amada hija, fallecida trágicamente en la plenitud de su juventud la noche del 31 de octubre de 1944".

Embargada por la emoción, la bailarina deposita las flores sobre la sepultura abandonada y pronuncia en silencio una oración.

Al abrir los ojos, logra distinguir en el horizonte a una hermosa pareja que abrazada le sonríe, y que tras despedirse con un gesto de sus manos, va desapareciendo envueltos por una suave bruma.

Desde ese día, todo cambió. Pasar cerca del árbol del camino ya no era un momento de penuria. Inexplicablemente se había transformado en un instante de paz que ya no le abandonaría jamás.


Halloween, 31 de octubre de 2021



sábado, 31 de octubre de 2020

CUENTO DE HALLOWEEN: El leproso de Samhain


Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo @cepq
Photo. Courtesy


Él nunca supo cómo, ni por qué, se inició su viaje al horror.

Siendo aún un pequeño, una mañana de invierno, estando en su salón de clases, sintió una fría sensación que le recorría la mano y subía por el brazo, produciendo un temblor involuntario que no podía controlar y que súbitamente fue percibido por la maestra y sus compañeros de clase, que lo observaban perplejos. 

-No es nada- dice la severa enseñante al ver al pálido alumno cuya frente empapada brillaba bajo un sutil manto de perlas de sudor.

-Seguro se ha contagiado de influenza. Hay muchos casos en estos días de invierno- asevera mirándolo indiferente.

-Lo mejor es que regrese a su casa y se acueste bien abrigado mientras pasa el malestar. Yo daré aviso al director Williams. Le diré que le di mi permiso para ausentarse de la escuela-

Obediente y algo confundido, con la cabeza hirviendo por la fiebre que comenzaba a subir, Edward se levanta en silencio, recoge sus cosas, las introduce en su mochila, mira con desgano a su compañeros y sale del aula, seguido atentamente por la silenciosa mirada de sus camaradas.

Afuera las calles resplandecían con el perturbador reflejo producido por una gruesa capa de nieve depositada sobre el pavimento.

Tambaleante entra a su humilde vivienda en los suburbios pobres de la ciudad, donde su amorosa madre, una inmigrante rusa, protectora se abalanza sobre él al verlo casi desfallecido bajo el umbral de la puerta.

No sin esfuerzo logra conducirlo hasta la habitación, acostarlo y arroparlo con un raído edredón que a pesar de las perforaciones producidas por las polillas le procuraba algo de calor, mientras ella hierve un poco de agua para hacer un cocimiento de plantas medicinales que piensa ayudará a bajar la fiebre y calmar el malestar.

Carente de recursos suficientes para ir en busca de un médico privado que pueda revisar al muchacho e indicarle lo que ocurre, Olga aguanta callada la angustia de ver a su hijo que se consume delirante por las altas temperaturas, que no consigue disminuir a pesar de sus esfuerzos.

Auxiliada por algunas vecinas, tan pobres como ella misma, que desde sus ventanas han visto llegar al muchacho tambaleante, logra alimentar al enfermo a base de una insípida sopa de huesos que poco a poco le parece reanimar.
Con la efímera alegría de los miserables, con el paso de los días, la madre cree que todo va mejorando, hasta que una fría mañana, proveniente de la habitación del muchacho, escucha un grito aterrador que le hiela la sangre.

Expelida por un impulso irrefrenable corre hacia la recámara donde encuentra a su hijo, desnudo en medio de la estancia, con las manos y el cuerpo manchado de sangre.

Al mirarlo, su horror se hace indescriptible, cuando éste, gira su rostro cubierto de lágrimas al extenderle su delgado brazo para mostrarle su mano izquierda, de la que cae al suelo trozos de carne putrefacta.

Tratando de ayudar, tira de su delantal haciendo jirones para vendar la mano, buscando torpemente detener la hemorragia, para luego correr hasta la casa del Doctor Phillips, un buen médico que vive a unas cuantas calles de su vivienda y que es famoso por ayudar a los pobres de la zona.

- En nombre de Dios le ruego me me acompañe- grita desesperada ante la imponente presencia del galeno que, conmovido por el dolor de la mujer pide su maletín y sombrero para salir de inmediato al encuentro del enfermo que permanece tirado en el piso gritando desesperado por el dolor. 

- Traiga agua hervida y trapos limpios- ordena, mientras algunas mujeres que habían acudido para ayudar corren a la cocina, de la que regresan a los pocos minutos.

Tras limpiar las heridas y minuciosamente reconocer al chiquillo, el doctor Phillips mira a la madre y con grave expresión le indica con la mirada que salgan del lugar para hablar lejos de la presencia de extraños.
Fuera de la habitación, moviendo la cabeza no le queda más remedio que decir...

- Señora.... Esto es muy grave. Su hijo presenta signos inequívocos de una terrible enfermedad. Según puedo dictaminar está contagiado de lepra.-

Incrédula, la mujer siente como un golpe le taladra la frente haciéndole perder el conocimiento y caer al suelo desvanecida. 

Reanimada, el buen galeno le indica una receta y ordena ir sin demora a la farmacia. Consiente que estará sin dinero la tranquiliza diciendo que él correrá con los gastos y en la mañana regresará por el muchacho para llevarlo a un hospital. 

De regreso a casa con el preciado encargo entre sus temblorosas manos, pasando frente a Saint Paul, siente el impulso de entrar y rezar.

En las profundidades del oscuro templo, arrodillada ante el altar, su amargo llanto baña el frío pavimento al tiempo que ora suplicando por la sanación de su muchacho que apenas iniciando la vida ya está condenado a un aciago destino.

En medio de aquel quebranto descontrolado, alertado por los sollozos, se acerca un viejo sacerdote que viéndola postrada la conmina a contarle lo que ocurre, pero él, tras escuchar el relato, con un signo de altivez indescriptible solo atina a decir...

-Tu hijo está tocado por Dios. Es un privilegiado porque con su sufrimiento está más cerca del Creador. No puedes hacer nada por él, solo rezar y dejar que cumpla su destino-.

Invadida por un rapto de locura corre fuera del templo como una enajenada de ojos vidriosos y rabia contenida.

A la vera del muchacho permanece toda la noche hasta alcanzar el alba, cuando el Doctor Phillips regresa acompañado por unos enfermeros que le ayudan a trasladar al pequeño a un hospital.-

Sin señal de mejoría, las semanas y meses fueron pasando. Las visitas del médico alejándose en el calendario, y un día de otoño, su madre no regresa jamás, enterándose luego que había sido encontrada muerta a las orillas del río, traspasada por el dolor, según dijeron.-

Ya en la adolescencia, con horror, Edward observa impotente como todo su cuerpo se pudre, es sacado del hospital y enviado a un leprocomio, donde será abandonado como un animal.

Cubierto de vendas andrajosas, manchadas de sangre coagulada, deambula por los pasillos de la institución donde las noches se hacen eternas y terribles. al no poder dormir ni descansar, debido a los lacerantes alaridos de dolor y desespero de sus compañeros de infortunio en aquel infierno victoriano.

Es en éste inenarrable recinto de condiciones infra humanas, cuando su frágil mente comienza a hundirse en las profundidades de la oscuridad absoluta, y solo atina a recordar la borrosa imagen de una calabaza incandescente y espectrales formas de ultratumba que bailan y canta a su alrededor.

Destellos delirantes que van haciéndose frecuentes y que se acrecientan cada otoño, al acercarse "Samhain" la noche de Halloween consagrada a las brujas, cuando arrebatado por la ira se arranca los vendajes, dejando visibles sus heridas y deformidades, llenándo sus pensamientos de un insaciable deseo de sangre.

Entonces, enardecido por su maldito destino, casual o causalmente, cada noche de brujas escapa de su presidio y va a recorrer sin rumbo fijo, las tenebrosas calles de la ciudad, con viandantes transformados en brujas y espectros entre los que puede confundirse.

En una de esas escapadas, cumplidos los veinte años, distingue a lo lejos la grácil figura de una bella muchacha rubia, vestida de hada, que ríe alegremente repartiendo golosinas a los niños, y que al acercarse le ofrece unos dulces.

Por un momento la confunde con su madre y siente como sus azules pupilas se anegan con lágrimas, pero ese sublime pensamiento pronto se transforma, dando paso al deseo y primitivo instinto animal que todo joven virgen experimenta con el despertar de su sexualidad.

Olvidando su repulsivo aspecto, Edward comienza a seguir a la adolescente que al principio se siente halagada y complacida de llamar su atención y causar tal efecto en un desconocido de disfraz tan perfecto, pero tras recorrer algunas calles y alejarse del centro, el juego la comienza a inquietar y decide detener la marcha para encararlo.

Edward y Anne se encuentran cara a cara. Él, seducido por la sutil fragancia de violetas que la envuelve. Ella, extrañada por el desagradable tufo a carne podrida, pero al mismo tiempo fascinada creyendo que es parte del disfraz.

Sin mediar palabra el leproso roba un beso que instintivamente es violentamente rechazado con asco.

Sintiendo el contacto con las laceraciones y mutilaciones de la piel del desconocido, unidas al fluido viscoso y sangre que brotan de ellas, cae en cuenta que aquello que inocentemente creía una lograda caracterización era en realidad la piel de un leproso.

Aterrorizada no puede reprimir un grito que le desgarra la garganta, pero el atacante, que la aventaja en tamaño y fuerza a pesar de su condición, rápidamente logra neutralizar todo intento de llamar la atención, tapando su boca y aciéndola fuertemente por la cintura, para arrastrarla hasta un desierto callejón. 

Anne está paralizada. Los miembros no le responden y su mirada parece petrificada, mientras él coloca una de sus sucias vendas sobre los labios carnosos, al tiempo que va arrancándole la ropa, que va cayendo convertida en jirones. 

Ante la sublime visión de la nívea piel, perfecta y pura, el corazón de Edward se llena de admiración ante tal belleza, pero al ver las lágrimas de rechazo de la ultrajada, súbitamente le comienza a embargar una sensación de odio e ira irrefrenable que le lleva a tomar la pequeña navaja que esconde en uno de los bolsillos de su pantalón, y como poseído por una fuerza satánica comienza a apuñalar hasta que la mártir se desvanece cayendo en medio de un charco de sangre, a cuya visión, en un raro momento de lucidez, Edward comprende lo que ha hecho y huye despavorido.

Para la ciudad, Anne será la primera de una larga lista de infortunadas que a lo largo de veinte años inexplicablemente fueron encontradas, brutalmente asesinadas, tras cada noche de Halloween, sin que las autoridades pudiera evitarlo, convirtiéndose el caso del "Asesino de Halloween" en un festín informativo para los periódicos amarillistas, que previo a la celebración, presentaban a su morboso público, ávido de sangrientas noticias, las más alocadas hipótesis, preguntando a grandes titulares, quién será la próxima sucesora de Anne Baxter?, para luego tener fabulosas ganancias con la venta de ejemplares dedicados a la nueva desafortunada.

Para el gran público y amantes de los sucesos policiales, la noche de Halloween de 1913, no fue diferente a las anteriores.

La gente celebraba con una extraña sensación de temor y morbosa curiosidad. 

En el leprocomio, Edward estaba inquieto. 

Durante semanas ha soñado con su madre que le reclama y dice que pronto estarán juntos nuevamente. 

Irritado se prepara para salir, envuelto por una pesada capa negra con capucha que le oculta totalmente, pero esa noche, veinticinco años después del primer asesinato, siente que todo era diferente.

Su vigor juvenil había desaparecido, así como varios dedos de sus manos, uno de sus ojos y casi toda la nariz, convirtiéndose en un horripilante monstruo encorvado que se arrastra pesadamente.

Ya en el centro de la ciudad, resguardado entre las sombras, impaciente espera a la persona y el momento ideal para dar rienda suelta a sus más bajos instintos asesinos, hasta que las campanas de Saint Paul marcan las 10:00 y bajo la mortecina luz despedida por una farola, divisa a una joven meretriz, que porta una máscara y sombrero de bruja, mientras aguarda la llegada de algún anónimo cliente que le salve la noche con algunas monedas. 

Acercándose torpemente, la llama e indica que le siga. La muchacha, tan rubia como el sol se siente temerosa por un momento, pero necesitada de dinero decide seguir al sujeto que camina dando tumbos hasta una estrecha calle, en la que cruza evitando ser visto, para dirigirse al fondo de la misma.

Mientras espera que la chica avance hacia el, de golpe vienen a su mente; su madre, Anne, Carolyne, Marie, Chantal, Eva, Diana... y todas aquellas que sintieron el filo de su navaja. 

La muchacha le abraza cerrando los ojos, pensando que es un viejo pervertido, mientras él, comienza a llorar brevemente arrepentido, hasta que sin aviso alguno, ni disfrutar de la visión de las carnes jóvenes, hunde la navaja en el corazón hiriéndola de muerte.

La chica lanza un tenue quejido y mirándole a los ojos pregunta ¿porqué?

Edward se separa de su cuerpo dejándole caer como una pluma y la mira con ojos desorbitados al confundirla con su madre. 

En ese instante horribles recuerdos se agolpan frenéticos en su mente haciéndole gritar. 

Enloquece de dolor, de rabia, de impotencia, y tomando el arma se apuñala el corazón para caer sobre el inerte cuerpo de la muchacha que ha fallecido casi de inmediato. 

A la mañana siguiente, son encontrados por unas parroquianas que de inmediato dan aviso a la policía y llaman a un médico. 

El anciano Doctor Phillips llega apurado para reconocer los cadáveres. Al ver la lepra que cubre el cuerpo del miserable y una medalla que cuelga del cuello del asesino, queda pasmado.

No cabe duda, es Edward, aquel que conoció de pequeño y que debió dejar en un hospital con la esperanza que su mal no le hiciera sufrir demasiado.

Pero por lo visto no fue así. 

El niño creció para convertirse en un monstruo.

A pocas horas del trágico suceso los principales periódicos sensacionalistas de la ciudad cubrían la noticia. Muerto el asesino de Halloween al que apodaron "el leproso de Samhain". 

La gente se agolpaba para comprar los ejemplares que se agotaron en pocas horas, para regodearse leyendo la historia novelada del caso.

Con el paso de los días todo se fue olvidando, y la vida de la ciudad volvió a su cotidianidad, sin imaginar que poco después se vería estremecida por una tragedia mayor, que duraría cuatro años y que causaría millones de muertos.


Nota: Samhain o Samaín​ es la festividad de origen celta más importante del período pagano en Europa hasta su conversión al cristianismo, en la que la noche del 31 de octubre al 01 de noviembre servía como celebración del final de la temporada de cosechas en la cultura celta​ y era considerada como el «Año Nuevo Celta», que comenzaba con la estación oscura. "Wikipedia" 

sábado, 2 de noviembre de 2019

CUENTO DE HALLOWEEN: (III) Redención… El Día de los Muertos.


CUENTO DE HALLOWEEN.

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo
Foto. Finis gloriae mundi de Valdes Leal. Sevilla


(III) 

Redención… El Día de los Muertos. 

Padre Brown está consiente que el camino de regreso a sus hogares está plagado de peligros y vicisitudes. 

Sin mencionar las agoreras sospechas que le embarga, cavila internamente que la santa cruzada no ha terminado, que nuevas ofensivas les espera. 

El maligno nunca se da por vencido tan fácilmente, y menos cuando sus pérdidas han sido numerosas. 

Tratando de mantenerse estoico, marcha al frente de su socavado ejército, midiendo los pasos, buscando la manera que nadie pueda percatarse de su herido corazón, del que mana un sutil hilo de sangre, milagrosamente retenido por la gruesa guarda camisa de lana que porta bajo la sotana. 

Con cada paso dado, el venerable, siente un dolor punzante que parece robarle el alma, pero este no es momento de flaquezas, y tratando de darse valor piensa 

-“Más fuerte sería el dolor producido por las siete espadas atravesando el sublime corazón de la Mater Dolorosa”, y con este pensamiento prosigue como si nada ocurriera. 

Para todos, el Día de los Santos ratifica una amarga victoria. Una fecha que permanecerá indeleble en sus recuerdos, perpetuada, no solo debido a la cruenta batalla apenas concluida y los cientos de caídos, sino, por ser los custodios de los mortales despojos de los mártires inocentes, que portan sobre sus hombros, para darles digna sepultura. 

De la retaguardia del luctuoso cortejo comienza a sentirse un rumor inteligible que suavemente va tomando forma, hasta distinguirse el continuo recitar del Ave María. 

Padre Brown cierra los ojos y repite la plegaria, pidiendo por los suyos, demandando protección para los viandantes, aún a costa de su propia vida, la cual siente próxima a expirar. 

Atravesando los claros del bosque, una brisa inesperada sobresalta al sacerdote. 

Las copas de los altos árboles milenarios bambolean de un lado al otro, inicialmente, como bailando una danza desconocida. A continuación, frenéticas, dando la impresión de querer desenterrar sus raíces para correr y atacarlos. 

Sin esperarlo, el mistral que viene del noroeste se cierne sobre ellos, sin piedad, constriñéndoles a bajar su preciada carga, y cubrirla con sus capas, queriendo protegerla. 

La que parecía una jornada apacible se transforma en torbellino. 

En el cielo, hasta entonces despejado, espesos nubarrones se agrupan apretados, ensombreciendo la jornada, y de ellos se desprende un diluvio de lacerantes esferas de granizo que les golpea inmisericorde, originando dolorosas contusiones. 

Padre Brown cae de rodillas, empuñando el crucifijo, y gritando al cielo, ordena que el asalto se detenga. 

Ante la atónita mirada de sus seguidores los elementos perecen obedecer. Las nubes se repliegan, y el astro rey reaparece, resplandeciendo como en una cálida tarde de verano. 

Pero cuando la muchedumbre cree que todo ha concluido e intentan reagruparse y proseguir, comienzan a sentirse los feroces aullidos de una manada de lobos, que materializada de la nada, les impide retomar el camino. 

El sacerdote, que continúa postrado, sosteniendo su Santo Báculo, les mira desafiante, y estos, obedeciendo una orden silenciosa se lanzan al ataque. 

Gruesos colmillos desgarran los brazos del beato que lucha por alejarlos, mientras sus parroquianos repelen la embestida con lo que tienen en la mano. 

Es una lucha desigual, hombre contra bestia, luz contra obscuridad, pero las fuerzas del mal nunca pueden vencer cuando se porta la señal de la cruz, y ante la breve aparición del cancerbero, las bestias se desmaterializan, tal como habían aparecido. 

Mal herido, con la sotana hecha girones, cubierto de heridas de las que mana sangra como un río indetenible, Padre Brown se pone en pie, ayudado por algunos muchachos, y con voz estentórea, ordena proseguir. 

Observando al despojo humano que les guía, la muchedumbre llora silenciosa, y al poco rato, incrédulos, ven aparecer ante sus ojos la puerta imperial y las murallas de su ciudad. 

La tarde comienza a declinar cuando depositan los cadáveres sobre los fríos escalones de las ruinas de la Madona. 

Un reducido grupo de mujeres sale de sus casas portando inmaculadas sábanas blancas para cubrirlos, y piadosamente llevarlos a preparar para las exequias. 

Incrédulo, Padre Brown mira los restos calcinados de su templo, y sin poder evitarlo, estalla en lágrimas, pero reconfortado por una invisible presencia, toma aliento, bendice a la muchedumbre, y les exhorta a regresar a sus casas, para descansar y prepararse para los ritos de la mañana. 

Exhausto, casi al borde de la muerte, Padre Brown entra en la Basílica en ruinas, y casi a rastras, se dirige al altar. 

Con estupor, observa el Sagrario reluciente, iluminado por un candil que sostiene una figura alada. 

Creyendo delirar cierra los ojos pidiendo al cielo que le de fuerzas, que las alucinaciones desaparezcan, pero al abrirlos, se encuentra frente a un ángel sonreído que le ofrece el cáliz y la Divina Forma. 

Alimentado por el maná de cielo, el santo varón cae rendido y se entrega al sueño profundo, custodiado por guardianes invisibles que tiene como misión protegerle del mal. 

Con los primeros rayos del alba el anciano sacerdote despierta de su ensueño. 

Las campanas doblan desde el alto campanario que milagrosamente permanece intacto. 

En las casas, los moradores se visten de luto, y portando flores se dirigen a la plaza, para depositarlas sobre los cadáveres amortajados. 

Padre Brown les espera bajo el dintel de la Basílica. El Día de los Muertos ha llegado y con él la hora de honrar a los caídos. 

La ciudad maldita, nunca antes había presenciado una misa de Réquiem como la de aquella mañana. 

Padre Brown logró tocar los corazones, y de los ojos de sus fieles surgían irrefrenables manantiales de lágrimas que lavaban la sangre y los pecados de la urbe, y hasta el mismo cielo parecía llorar, derramado un suave rocío que limpiaba los rostros compungidos. 

Antes de elevar la Hostia, entre los vestigios del frontis, una sombra oscura se retuerce y grita-. “Insensatos! No crean que han vencido. Yo siempre estaré al acecho!” pero pronto desaparece en medio de un remolino. 

Padre Brown se estremece y pierde el equilibro. Su tez se vuelve pálida y la piel se enfría. 

Dos de sus acólitos le sostienen y ayudan a permanecer de pie. 

La congregación se agita temerosa pero el religioso les conforta 

-No teman mis queridos-. Pide con ternura y prosigue sus palabras con voz casi inaudible –Este día, en el que recordamos a nuestros muertos, y honramos a nuestros dos mártires, es también un día de liberación. Hoy comienza una nueva historia en nuestro santo suelo, y a partir de este momento, la ciudad maldita deja de serlo y se llamará… Redención, porque eso es lo que hemos logrado” 

Y bendiciendo a sus fieles, su maltrecho cuerpo se desploma. 

Ante la fascinación de los asistentes, el cielo se abre, permitiendo el paso de un haz de luz brillante que lo envuelve, y tocado por la luz divina, el buen hombre sonríe, y expira. 



viernes, 1 de noviembre de 2019

CUENTO DE HALLOWEEN: (II) La Hora del Diablo y el Día de los Santos.


CUENTO DE HALLOWEEN.

Por. Claudio Emilio Pompilio Quevedo
Foto. Pieter Bruegel the Elder - The Fall of the Rebel Angels 1562


(II) 

La Hora del Diablo y el Día de los Santos. 

En los bosques que rodean a la ciudad maldita, los animales permanecen expectantes sabiendo que algo inusual ocurre. 

Los frondosos árboles que aún no han perdido sus hojas por el otoño crean una especie de domo vegetal que imposibilita la visión del cielo, haciendo que la obscuridad sea más cerrada, casi como el interior de un hipogeo con olor a podredumbre, debido a la humedad que enrancia las hojas caídas, los líquenes y el moho adherido a piedras y cortezas. 

El croar de las ranas ha cesado desde hace mucho y el constante zumbido de las abejas en eterna viaje para libar el néctar de las flores no se hace sentir. Tampoco los pasos furtivos de los ciervos o el graznido de las aves migratorias que parece han dejado de recorrer el prohibido espacio. 

Los pequeños insectos y animales rastreros permanecen en sus guaridas, incluso las aves de carroña. Solos los lobos en manada aúllan estruendosos a la luna reclamando su atención. 

A esa hora ningún ser pensante osaría franquear sus caminos. Ni siquiera el más valiente leñador o aquellos que han perdido la razón, porque instintivamente todos huyen del lugar y evitan mencionarlo en la noche del aquelarre. 

Los troncos centenarios se doblan mecidos por ráfagas de viento que parece intentar quebrarlos mientras silva una canción inteligible que petrificaría corazones. 

Más allá de sus confines, en la ciudad atormentada, algunas casa se iluminan y sus moradores corren agitados, pero con un apresuramiento diferente al que experimentaría cualquier ser humano.. 

Son las casas de los ayudantes de las brujas, seguidores enceguecidos, dispuestos a todo para complacer a los amos de la noche, que presurosos preparan su marcha hacia el bosque para llegar antes de la hora señalada. 

Nadie imaginaría que muchos de ellos son simples personajes; humildes trabajadores, modestas doncellas, venerables ancianas, intachables caballeros y seres anodinos que a diario se mezclan entre la auténtica gente de bien, sin llamar la atención, evitando a toda costa hacerse notar. 

Lacayos sin alma ni conciencia que después de la primera ofensiva a la Iglesia, salen furtivamente de sus casas, cubiertos por pesadas capas negras que les permite mimetizarse con la obscuridad, y en silencio se reúnen en el abandonado cementerio del santuario, para viajar en grupo hacia el centro de la floresta, invocando ancestrales conjuros mágicos para avivar a los lémures aún dormidos. 

El cielo tormentoso se ha despejado. Sobre el cenit, una luna llena esplendorosa parece derramar destellos de plata que van guiando los pasos de los convocados. 

Bajo sus pies se pueden sentir los movimientos rastreros de las víboras, el andar sigiloso de las arañas y otras alimañas que les cortejan a manera de procesión, como en los cuentos infantiles, dicen, un flautista guió a las ratas fuera de una ciudad invadida. 

Traspasando la gran puerta imperial, silencioso sobreviviente de las vetustas murallas medievales, el infausto séquito enciende las antorchas que llevan entre sus manos invocando a una antigua deidad del fuego. 

La briza que ha amainado juega con las flamas haciéndoles danzar en la penumbra, acercándolas peligrosamente a los rostros de los alucinados que ni siquiera sienten el calor y prosiguen su camino con la mirada fija en un punto imaginario. 

En el cielo, sombras disformes recorren el espacio, desvaneciéndose lentamente cuando de ellas van surgiendo las aves más terribles, espantosos murciélagos y otros animales fantásticos, seguidos por grandes sombras que van mutando en formas humanas. Desnudas, grotescas, indescriptibles, que viajan a través del cielo en medio de espeluznantes carcajadas. 

Son las brujas y los brujos que acuden a su aquelarre- Pero estos no están solos! 

Oh visión horripilante! 

Descomunales alas tenebrosas que se baten sin descanso dejan distinguir ángeles caídos de belleza extraordinaria pero con mirada inyectada de maldad y formas esqueléticas de los que han muerto sin el consuelo del perdón. 

A la hora señalada, el cortejo de ayudantes alcanza un claro del bosque en el que se sitúa una ciclópea piedra circular. 

Presurosos se despojan de las capas, permitiendo que caigan sobre tierra pisada pudiéndose distinguir sus impúdicos cuerpos desnudos. 

Con diligencia encienden el círculo de antorchas que rodea el espacio y dentro de grandes calderos comienzan a quemar ramas y yerbas desconocidas que casi de inmediato provocan una especie de bruma olorosa que invade el lugar y que va robándoles el sentido y sacando afuera los instintos más salvajes. 

Entre el follaje comienza a escucharse una música desenfrenada que va subiendo de tono, mientras grotescos enanos ofrecen brillantes copas colmadas de vino mezclado con sangre humana. 

Las brujas y brujos, junto a todas sus bestias descienden de las alturas y se unen al festejo estrechando sus cuerpos contra los de los pobladores que al mínimo contacto gritan de placer. 

Una caterva de cuerpos se entremezcla y copula entre las ramas, sin importar el género, la edad o la especie. Gritos, gemidos y suspiros brotan de las gargantas enloquecidas, olorosas a licor y especias. La orgía de sexo y sangre había iniciado. 

Mientras tanto en la iglesia, Padre Brown prepara su pequeño ejército para la batalla y clama al cielo por ayuda. 

En medio de un arrebato místico se dirige hacia el Sagrario del que toma un cáliz de oro y bendiciéndolo ofrece la Sagrada Forma y la Sangre del Cordero a los que esa noche defenderán la Fe. 

El temor ha dado paso a una irrefrenable sensación de valor que les permite abandonar la seguridad del templo para atravesar la ciudad hacia el campo de batalla. 

En su marcha se van uniendo muchos otros que a pesar del temor salen de sus casas con el firme propósito de vencer o morir, para acabar la maldición que les consume. 

Al alcanzar la puerta imperial ya son miles. Un regimiento de luz guiado por la cruz que empuña Padre Brown, que al traspasar los confines de la muralla es repelido violentamente por fuerzas invisibles tratando de impedirles el paso, pero a pesar de la aprensión de muchos logran alcanzar el bosque en el que se internan entonando cánticos y oraciones. 

En el claro de la foresta el desenfreno ha terminado. Cuerpos inmóviles yacen cubiertos de sangre, con los miembros desgarrados y los ojos desorbitados al darse cuenta que se les iba el aliento y perdían el alma. 

Sobre la piedra del sacrificio un bebé y una doncella, obnubilados por desconocidos brebajes yacen desnudos ignorantes de su destino. 

Las brujas y los brujos han formado un estrecho círculo que rodea el ara improvisada y de entre las sombras surge la gran sacerdotisa con una copa y una daga presta a sacrificar a los inocentes cuya sangre derramada abrirá las puertas del inframundo para permitir la entrada del macho cabrío que llega a reclamar su ofrenda. 

Un reluciente reloj de arena va marcando los minutos. El cielo se cubre de nubes ocultando la luna y los centelleos de lejanos rayos titilan sin tregua anunciando lo inevitable. 

La concurrencia inicia a recitar un mantra ensordecedor y la sacerdotisa, alzando la daga grita; son las 3!, la Hora del Diablo ha llegado, al tiempo que hunde el instrumento en el corazón de la muchacha y luego en el pequeño, de los que brotan ríos de sangre espesa que van cubriendo la piedra del sacrificio y es recogida en la copa ceremonial que de inmediato es pasada de mano en mano para ser libada. 

Tras catar la última gota, un imprevisto movimiento de tierra sacude el lugar haciendo caer muchas de las antorchas que se apagan al instante. 

En la foresta Padre Brown sabe que las puertas del inframundo han sido abiertas y apura el paso de sus guerreros, al tiempo que vislumbra a lo lejos como arde la Madonna de las Nieves, golpeada por formidables esferas de fuego que frenéticamente se precipitan desde el cielo. 

Sobre la piedra del sacrificio ahora yace la sacerdotisa, que abriendo las piernas de la manera más grotesca ofrece su cuerpo al macho cabrío que sobre ella se posa antes los vítores y aplausos de todos los espectros que le rodean. 

Los guerreros de la luz alcanzan el claro luchando con los primeros enemigos que les impiden el paso. 

La contienda es desigual y sin tregua. Un combate a muerte en el que muchos caen defendiendo su Fe. 

La cabra y sus acólita detienen su rito de apareo permaneciendo arrodillados en medio del altar primitivo donde son vistos por Padre Brown que ha logrado penetrar hasta el centro del claro gritando un exorcismo poderoso, haciendo estremecer a la bruja que baja la cabeza. 

En el cielo resuenan trompetas y de la nada van descendiendo ejércitos celestes que se abalanzan sobre monstruos y espectros, mientras el ejército del buen padre, aunque diezmado, lucha con los de su misma especie, quienes viéndose perdidos huyen abandonando cobardemente la batalla. 

El macho cabrío brama de rabia y se yergue sobre sus patas, levantando bruscamente a la bruja que ha tomado de los cabellos. 

En nombre del todo Poderoso! Padre Brown lo conmina a rendirse, pero todo es inútil, y como guiado por una mano angelical lanza la cruz sobre la bestia que termina clavada en el corazón de la bruja que cae de bruces, mientras el maligno desaparece entre bufidos y junto con el, los sobrevivientes de su ejército. 

Con los primeros rayos del alba, ante los despojos mortales de los inocentes sacrificados, Padre Brown cae de rodillas, con los ojos anegados de lágrimas, y mira al cielo desde el que se escuchan de nuevo las trompetas, logrando ver como los ángeles regresan a su fuente. 

-El Día de los Santos ha iniciado- les escuchan decir sus seguidores que comienzan a llegar rodeándolo con su afecto. 

Y ordenando levantar los cuerpos de la doncella y el pequeño, que portan en hombros como héroes, emprenden el regreso a casa. 

Continuará…