viernes, 30 de enero de 2026

ICONO: Lady Nancy Cunard. La heredera que no quiso ser dama


Por. Dr. Claudio Emilio Pompilio Quevedo
Director SUROESTE International @suroesteonline_magazine
Fotos. Cortesía (Diversos autores)

En el Londres de principios del siglo XX, cuando el apellido pesaba más que el talento y la apariencia dictaba destino, nació Nancy Clara Cunard (1896-1965), hija única de Sir Bache Cunard —magnate naviero— y de la célebre Lady Emerald Cunard, gran anfitriona de la alta sociedad eduardiana. Desde la cuna, Nancy estuvo destinada a la vida de una “perfecta dama”, pero el tiempo y su propia naturaleza se encargarían de demostrar que ella no había nacido para obedecer.

Su infancia transcurrió entre mansiones y salones, entre bailes de sociedad y viajes a la Riviera. Fue educada en los mejores colegios, instruida en música, idiomas y artes. Tenía una belleza singular: alta, delgada, de rostro anguloso, con unos ojos que parecían atravesar la hipocresía. Sin embargo, la rigidez de la vida aristocrática pronto la asfixió. Nancy prefería los cafés bohemios a los clubes privados, las discusiones políticas a las charlas de sobremesa.

En 1916, con apenas veinte años, contrajo un matrimonio fugaz con Sydney Fairbairn, oficial británico. El enlace, celebrado con todo el boato que dictaban las circunstancias, duró lo que dura una estación: Nancy, incapaz de resignarse al papel decorativo que se esperaba de ella, se divorció y comenzó una vida independiente.


Los años de París y la vanguardia

En la década de 1920 se instaló en París, en la órbita de Montparnasse y sus cafés. Allí trabó amistad con Ezra Pound, Ernest Hemingway, James Joyce y, sobre todo, con Louis Aragon y Pablo Picasso. Su apartamento se convirtió en un punto de encuentro para poetas, pintores y músicos. Nancy no era un simple mecenas: escribía, discutía, provocaba. Su poesía, de estilo moderno y libre, fue publicada en revistas literarias; sus ensayos eran agudos, combativos.


Dueña de una belleza excéntrica, comenzó a vestir de forma audaz: turbantes africanos, brazaletes que subían hasta el codo, vestidos que jugaban con la androginia. El coleccionismo de joyas tribales la llevó a convertirse en un ícono de moda —fotografiada por Man Ray y Cecil Beaton—, pero tras la estética había un manifiesto: la mezcla de culturas, la ruptura con el colonialismo y la hipocresía de su propia clase.

Amores y escándalos

Sus amantes fueron tan célebres como variados: el novelista Aldous Huxley, el pianista Henry Crowder —un músico de jazz afroamericano cuya relación desató la furia racista de la prensa británica—, el poeta Louis Aragon, y otros nombres que la historia susurra con malicia. Con Crowder compartió algo más que pasión: Nancy se convirtió en una firme defensora de los derechos civiles y en crítica feroz del racismo, denunciando las jerarquías raciales tanto en Europa como en Estados Unidos.


La editorial y el compromiso político

En 1930 fundó *The Hours Press*, una editorial de exquisita factura tipográfica donde publicó a Samuel Beckett, Ezra Pound y otros autores que las grandes casas rechazaban. Su sentido del riesgo cultural se combinaba con un olfato impecable para lo que, años después, sería considerado literatura imprescindible.

Su compromiso político se agudizó con la Guerra Civil Española. Recorrió España como periodista, entrevistó a combatientes, denunció las atrocidades del fascismo. Publicó el libro *Authors Take Sides on the Spanish War*, en el que reunió la posición de escritores de todo el mundo. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para la Resistencia francesa, arriesgando su vida en misiones de enlace.



El ocaso

Pero la vida de Nancy Cunard fue también un descenso a los infiernos. El alcohol, las drogas y el desorden emocional, sumados a la traición de amigos y la distancia con su familia, comenzaron a minar su salud. La muerte de seres queridos, entre ellos Henry Crowder, dejó heridas profundas. En los años 50 y 60, su figura, otrora deslumbrante, se convirtió en una sombra errante que vagaba por hoteles baratos y pensiones de París, casi siempre con un cuaderno bajo el brazo.

Murió el 17 de marzo de 1965, a los 69 años, en un hospital de París, sola, enferma y pobre. Fue enterrada en el cementerio de Père-Lachaise, lejos de las pompas y salones que había despreciado.

Epílogo

Nancy Cunard vivió como escribió: sin concesiones, sin obedecer a nada que no fuera su voluntad. Fue heredera, poeta, editora, activista, amante y enemiga del mundo que la vio nacer. En su vida hubo esplendor y ruina, pasión y furia, belleza y desgarro. Su nombre sigue siendo una advertencia y una promesa: la advertencia de que la libertad se paga caro, y la promesa de que, aun en un mundo de máscaras, hay quienes deciden arrancárselas para siempre.



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